EL AUTOR

José Luis Palma

Nací  a mediados del pasado siglo en lo más profundo del corazón de Andalucía, en Lucena (Córdoba) donde el calor del estío se hace patria en sus dorados trigos y la escarcha del invierno viste de un blanco deslumbrante el verdor añejo del olivar y la viña. 

Un día que eché la vista atrás buscándome en alguna rama del árbol de la familia, tan difícil de escudriñar, supe, sin rigor alguno, que bien podría ser yo un tornatrás de culturas antiguas y razas olvidadas; de sangre mestiza en la que el color verde de los tartessos se fundió en la noche de la sabina con el blanco de los árabes, el azul de los judíos, el tornasolado de griegos, romanos y cartagineses y el rojo pasión de los cristianos viejos. Y me dio por creer, desde entonces, que por mis venas corría (¿por qué no?) vestigios de ilustres antepasados como Trajano o Adriano, como Séneca o Lucano, como Almanzor o Góngora, como Averroes o Maimónides, como Lorca o Machado.

Desde que nací viví en un mundo de galenos; mi abuelo, mi padre, mis tíos, mis primos… Fue, por tanto, natural que yo también siguiera los estudios de Medicina. También los hubo boticarios, abogados, notarios, maestros y hasta temibles recaudadores de alcábalas, de los que prefiero no hablar.

Cuando finalicé mis estudios en la Universidad de Navarra me trasladé por varios años al Canadá donde, congelado, viví el tiempo suficiente para volver con la especialidad de Cardiología, casi aprendida, para hacer de esa rama de la ciencia el eje de mi vida profesional a la que he dedicado todo mi entusiasmo y en la que todavía, hoy, persisto en el empeño.

No puedo saber, por más que sacuda la memoria, cuando se instaló en mi costumbre el gusto por las artes y las letras. No lo sé, pero ha sido y sigue siendo una enraizada pasión que tanta felicidad me ha causado como dolor y desánimo me ha hecho sentir, a veces.
            
Me gustaba hurgar en los viejos libros que por millares había en la biblioteca de la casa en la que nací y me crié. Recuerdo que tanto me gustaba olerlos como leerlos. Siendo todavía un lampiño adolescente leía cuanto caía en mis manos pero lo hice de una forma desordenada y casi siempre a destiempo. Nadie se ocupó, tal vez porque yo no lo permití, de guiarme ordenadamente por la senda de la lectura académica. Y es por ello que nunca me gustaron demasiado los libros infantiles y al día de hoy, ese indecoroso vacío, noto que me pesa más y más conforme los años me van marcando el declinar de mi tiempo.
            
Tampoco recuerdo con precisión cuando empecé a escribir de una manera más o menos regular. Desde chico ya emborronaba papeles con historias atrabiliarias que eran fruto de una desordenada fantasía y que, una vez terminadas, arrojaba al cesto de los papeles inútiles.
            
Me liberé muy tarde de ese inexplicable pudor que sienten la mayoría de los escritores por dejar en poder ajeno esquirlas del alma propia, y lo hice escribiendo una novela a cuatro manos con Roca Infantes, una estudiante barcelonesa de Filología Hispánica, con la mantuve una insólita y deliciosa relación epistolar a través del mundo mágico de Internet y que, casi un año después, daría cuerpo a un relato de ficción que quedó seleccionado como la tercera mejor novela del Premio Planeta del último año del pasado siglo. Doce meses después, ese prestigioso sello editorial tuvo a bien publicarla con el título de “El amor en los tiempos del chat”.
            
A esa novela, y ya en solitario, siguieron otras y otras de las que no deseo dar ni excesivos matices ni fatigantes detalles. En este blog expongo una relación de las obras que he considerado han podido despertar algún interés entre los lectores.
            
Nunca me he considerado un escritor de escuela académica, he sido más bien un francotirador del lápiz y el papel, y más que eso, he sido y sigo siendo un empedernido lector de lo todo que se tercie y sobre todo un observador de la vida que me permite ir tomando ideas y escenas de aquí y de allá para construir, luego, entramados de símbolos literales para, por encima de todo, disfrutar de esos momentos íntimos que compartimos, celosamente, mis personajes y yo.
           
 Parafraseando a Benedetti yo también podría decir que: Fui haciendo del leer una costumbre, sembrado de palabras la memoria, quedándome a solas con la pluma.

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