FRAGMENTOS



                                                                       

EL PACIENTE DE EL PARDO

Fragmento en el que se narra el momento del fallecimiento del General Francisco Franco.

...Sobre las dos y media de la noche la tensión arterial era imperceptible a pesar de las altas concentraciones de agentes cardioestimulantes que se le estaban administrando en los últimos días. Mari Paz, con escaso convencimiento, ajustaba los parámetros del respirador tratando de llevar a sus pulmones una mayor cantidad de aire altamente enriquecido en oxígeno. Vital y Cristóbal hablaban en voz baja en un extremo de la habitación. Las dos enfermeras preparaban a esas horas nuevos sueros añadiendo las drogas estimulantes que ya no le servirían. El monitor de cabecera mostraba un ritmo cardíaco lento y aberrado, circulatoriamente ineficaz . A los pies de la cama alguien, quizá Cristóbal, había vuelto a desplegar el manto de la Virgen del Pilar cuajado de la mejor pedrería y salpicado, involuntariamente, con alguna gota de sangre del paciente.
En un momento dado, Concha creyó que uno de los electrodos del pecho se habría desprendido ya que la señal electrocardiográfica se había desvanecido. En el monitor de cabecera sólo aparecía una línea plana continua. Fueron unos segundos de confusión. La enfermera repasó los cables y su conexión al monitor. Todo funcionaba correctamente. Miró al paciente, volvió a repasar los cables y nuevamente fijó su mirada en el enfermo. Entonces percibió en su rostro la mueca de los moribundos cuando el vaho de la vida se les escapa a golpes secos por la boca.  Alarmada, verificó otra vez los cables y una vez más miró al paciente. Ahora fue consciente de lo que acababa de pasar. Si no había señal electrocardiográfica en el monitor era porque, sencillamente, el corazón del general se había detenido para siempre.
Alguien hizo un movimiento automático para iniciar las maniobras habituales de resucitación pero otra persona le detuvo a tiempo.
––No, más no ––le dijo. Ya hay que parar. Todo esto ha sido demasiado largo, demasiado dramático, demasiado inútil. Aquí acabó todo.
Unos y otros se miraron sin decir nada. Los tres médicos y las dos enfermeras rodearon como estatuas de piedra la cama del difunto para observar el triunfo de la muerte recién llegada sobre la vida vieja del general.  Luego, Vital le deslizó los párpados para comprobar que las pupilas habían entrado en un estado de midriasis irreversible y aplicó el fonendoscopio al pecho.
––Sí, ahora sí está muerto ––musitó para sí mismo.
Mari Paz miró a Cristóbal.
––¿Paro el respirador? ––le preguntó.
––Haga lo que le indique Vital ––respondió. Todo está concluido.
––¿Das tú la noticia o la doy yo? ––dijo el cardiólogo dirigiéndose a Cristóbal.
––La daré yo, pero esperemos aun unos minutos. Quiero poner en orden mis ideas. Antes que a nadie tengo que informar a Carmen y a mi suegra. Las llamaré desde mi despacho. Que nadie salga ni entre hasta que yo vuelva.
Nani, visiblemente afectada, consultó su reloj.
––Son las tres menos veinte - dijo con su marcado
acento gallego. ¿Qué día es hoy?  - preguntó.
––Ya es veinte de noviembre, le respondió Vital.
––Pobriño - siguió Nani mientras le cerraba los ojos entreabiertos––. En qué mes tan taimado se nos vino a morir… Y en qué hora tan bruxa… Y tan lonxe da sua terra

Yo no sé si el general llegó a saber el día y la hora en que abandonaba el país que gobernó de una manera tan personal durante 40 años. Quizá sí; dominó tantas cosas en vida que no resultaría extraño que su poder hubiese llegado hasta ese extremo

Los generales Sánchez Galiano, Gavilán y Fernando Fuertes de Villavicencio, como jefes de las casas Militar y Civil, dieron las órdenes oportunas para poner en marcha la operación Lucero. Pozuelo, desde un teléfono controlado por la guardia personal del Caudillo, nos fue convocando a todos los médicos para redactar el último parte, el del fallecimiento; el que tanta gente esperaba ansiosamente.
Yo tuve durante muchos años la sensación de que las presiones que insistentemente recibía Cristóbal para acabar de una vez con aquella interminable agonía estuvieron a punto de cristalizar aquella madrugada del 20-N, y me he complacido, durante bastante tiempo también, en la idea de que el general, perdóname la expresión, murió cuando le salió de los cojones. Sí, así; tal cual te lo estoy diciendo. Menudo era él. Quiero decir que hasta el último momento se pasó por donde quiso las opiniones y las decisiones de los demás. Me agradaría pensar que como un fleco más de su impenetrable y extraña personalidad, el paciente decidió morir en el día y la hora que le parecieron más adecuados, burlándose así, una vez más, de todo el mundo; de los que deseaban su muerte rápida y de los que pretendían mantenerlo vivo a cualquier precio y de cualquier manera.  Fue un dictador tan convencido de su oficio que estoy seguro de que hasta para sí mismo dictó el día y la hora en que su corazón debería detenerse para siempre. Para burla de sus enemigos.

Poco a poco fueron llegando los 37 médicos que habíamos formado aquel equipo tan singular, tan inhabitual. Sobre las 7 de la mañana nos reunimos por última vez en la sala de juntas de La Paz para redactar el último de los partes; el más claro de todos, el que ya no podría prestarse a confusión alguna. Lo había redactado Pozuelo y nos lo leyó con la voz quebrada por la emoción. Creo que verdaderamente se expresaba desde el fondo de sus sentimientos. Sostenía el documento con la mano derecha temblona mientras atenazaba con la izquierda un pañuelo manoseado. El médico había sentido a lo largo de toda su vida una gran devoción por el Caudillo, sentimientos que se acrecentaron durante los casi dos años que estuvo a su servicio. Nada había que objetar en aquel texto. Todo cuánto en él se contenía se ajustaba a la verdad, o al menos eso parecía. Vital tomó la palabra unos instantes antes para decirnos, con la parquedad que era en él habitual, que sobre las dos y media de la mañana el paciente se bradicardizó poco a poco hasta pararse.
––No hicimos nada ––dijo–. Estaba todo tan perdido que consideramos que nada más quedaba por hacer. Estábamos presentes Mari Paz, Cristóbal, las dos enfermeras y yo ––añadió–. La muerte pudo establecerse a las tres menos cuarto más o menos. Eso es todo ––concluyó.
Nadie hizo comentarios ni se formuló pregunta alguna. El silencio era sobradamente elocuente. En el ambiente se detectaba una extraña mezcla de duelo y distensión. Había caras surcadas por las huellas de un cansancio acumulado a lo largo de muchos días y otras que tan sólo reflejaban el estupor que proporciona un despertar intempestivo. Todo había concluido. Como comentó Gabi antes de entrar a la sala de juntas: “El general y nosotros acabábamos de pasar a mejor vida”. Sólo él pasaría a la posteridad, quien sabe si hasta la misma inmortalidad, como dijeron de Evita Perón.  Nosotros, por el contrario, volveríamos a nuestra sencilla y apasionante rutina de todos los días, a nuestros quirófanos, a nuestras salas de reanimación, a nuestras consultas abarrotadas de gente corriente y necesitada; de dolientes seres humanos que buscan en la Medicina, con afán y esperanza vana, remedios y hasta milagros que escapan a nuestras manos y que no son del acervo de nuestra pobre ciencia, tan insegura, tan inexacta. Grandeza y miseria de la vida del médico, que cuando como en aquel caso se dieron juntas, te sobrepasa y hasta te sobrecoge.
El último parte empezaba hablando de un empeoramiento progresivo que condujo a trastornos de la conducción intraventricular con hipotensión severa y sostenida. En el documento no se citaba la hora real de la muerte sino la oficial: “A las cinco horas y veinticinco minutos sobrevino una parada  cardíaca irreversible” La verdad es que tampoco se hizo maniobra alguna de resucitación para tratar de hacerla reversible. Luego se relacionaban detalladamente todos los diagnósticos finales en los que por primera vez se menciona la palabra infarto: Enfermedad de Parkinson. Cardiopatía isquémica con infarto agudo de miocardio anteroseptal y de cara diafragmática. Ulceras digestivas agudas recidivantes con hemorragias masivas reiteradas. Peritonitis bacteriana. Fracaso renal agudo. Tromboflebitis ileo-femoral izquierda. Bronconeumonía bilateral aspirativa. Choque endotóxico. Parada cardíaca. Madrid a las 7,30 horas de día 20 de noviembre de 1975. Firmado: El equipo médico habitual. 


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MI AMOR POR UN REINO EN CÓRDOBA

Fragmento que hace referencia a la solución que encuentra el alarife de Abd al-Rahman I  para que las columnas de la mezquita de Córdoba ganen altura.


…Durante varias semanas, el alarife mayor anduvo dándole tantas vueltas a este asunto que hasta llegué a temer que su obsesión pudiese transformarse en locura permanente. Le llegué a ver tan ensimismado, tan abstraído de todo,  tan fuera de su entorno, que ni siquiera me sentí con fuerzas para acosarle a pesar de que la construcción del templo se retrasaba de manera preocupante. Inquieto yo también, le envié a mi alfaquín para que le recetara remedios que serenasen sus malos sueños y le calmaran la inquietud de su atribulado espíritu. No le sirvieron para mucho, pero, afortunadamente, no hubo transcurrido demasiado tiempo cuando una madrugada en la que los cielos de Qórtuba se rasgaban con las luces cegadoras del rayo y el ruido ensordecedor del trueno haciendo derramar sobre los campos de Al-Andalus toda el agua que cabe en un mar, el alarife mayor vino intempestivamente a mis aposentos para contarme, casi atropelladamente, la solución que había encontrado para engrandecer la altura de la mezquita utilizando las mismas columnas y capiteles que habíamos rescatado de los templos cristianos.
Bajo su brazo traía un sinfín de pergaminos en los que había dibujado un bosque de columnas que, a primera vista, a mí se me antojó un prodigioso oasis de palmeras multicolores con las copas completamente abiertas.  Pensé, por un instante, que su locura era real. Sobre los cimacios, me dijo con una excitación incontenible, apoyaría gráciles dovelas que a su vez se desdoblarían en dos direcciones para alumbrar delicados arcos de herradura en los que alternarían la piedra caliza y blanca con el ladrillo bermejo que se obtiene con los barros de Montulia. Y luego, sobre estas primeras arcadas y con el soporte de sólidos modillones, haría brotar un segundo arco, también en herradura, que ampliaría aun más la altura del templo. De esta forma las arquivoltas descenderían suave y delicadamente hasta las impostas dando al conjunto de las dos arcadas una increíble sensación de ligereza y robutez. El resultado, amada Neshla,  ha sido prodigioso y sólo es explicable como un maravilloso milagro de Alá. En ninguna parte del Islam existe nada parecido. Definitivamente, Dios tiene su morada en Qórtuba. La mezquita, ahora concluida,  se asemeja a un bosque infinito de palmeras florecientes que me recuerdan a la que tú, mi amada Neshla, me enviaste en un lejano día y que hoy crece, majestuosa y sola, en el centro de los jardines de Al-Rusafa. Tu palmera, Neshla. La palmera de Damasco que es guía y madre de todas las demás. 
Por el costado sur del patio de las abluciones y en trazado paralelo al oratorio, hemos construido una galería para que puedan rezar nuestras mujeres. La distancia y el enjambre de columnas las aíslan de tal modo que su presencia no perturba el necesario recogimiento que los hombres necesitan durante la oración.
Aunque el techo está perforado por media docena de lucernarios circulares por los que entra la luz desde el alba al ocaso y que se complementa con la que traspasa los ajimeces laterales, para la iluminación nocturna hemos construido, en plata y bronce, gigantescas lámparas circulares que penden de los techos. En sus brazos y radios se han colocado miles de vasitos de cristal con teas empapadas en aceite que proporcionan una luz vacilante y trémula que, reflejada sobre las paredes y la techumbre del mihrab,  lo hacen relucir como un ascua de oro. 
En el ángulo que forma el muro norte con el de poniente, queremos levantar un alminar de planta cuadrangular de unos veinte codos de base por unos cuarenta de alto, para que el almúedano pueda llamar a oración las cinco veces diarias que manda nuestra Sagrada Norma. Mientras tanto, nos servimos del torreón del alcázar desde cuya almena la potente voz del muecín retumba majestuosa y mística por toda la medina. Espero que Alá, Clemente y Misericordioso, me conceda vida suficiente para que mis oídos puedan escuchar, aunque sólo sea por una vez, la sagrada llamada del almuédano desde el alminar de la mezquita cuyo canto se desliza en cada atardecer sobre las aguas plateadas de nuestro Wadi al-Kabir hasta perderse en la mar inmensa y lejana. 
Cuántas veces he soñado que el rumor apagado de mis versos, que emergen cautelosos desde la torre de mi alcázar, viajan hasta tu oído para hacerte saber una vez más en su monótono giro que sigo amándote con la misma intensidad que lo hacía cuando ambos éramos jóvenes y libres y nos dábamos sin tregua el uno al otro en aquellos jardines frondosos que, sinuosos e íntimos, se deslizaban desde los quietos estanques de nuestra alquería siria hasta las mismas orillas del sagrado Eúfrates.
Quedan todavía algunas cosas por hacer antes de dar por concluidas las obras de la mezquita pero, si Alá me da vida para verlo, el conjunto cuadrangular será de proporciones casi colosales con más de ciento cincuenta codos de ancho y otros tantos de largo. He invertido en él, con el dinero que he obtenido de las gabelas, alcábalas y tributos extraordinarios, más de doscientas mil monedas de plata y oro que he debido sustraer de otras necesidades, a veces apremiantes. Pude, con ese dinero, ampliar la grandeza de mi ejército, hoy por hoy el más poderoso de la Tierra, pero un hombre no se hace grande ante su Dios por el poder de su espada sino por la nobleza que brota de su alma. Quiero que así me juzgue la Historia: no como al suhkre de Qurays; el halcón gerifalte que levantó desde la nada el más grande imperio del Islam en Occidente sino como al humilde creyente que dio todo de sí mismo para la mayor Gloria de nuestro Dios Único y Majestuoso. 
Glorificado sea Alá que todo me lo dio, excepto el privilegio de haber compartido contigo las venturas de mi reino. Bendito sea Su Nombre cuya Gracia te proteja a ti por siempre.

                                                         ***

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CHAT

Fragmento de uno de los correos electrónicos que, desde una clase Literatura, "Belledejour" le envía a "Rilke" su enigmático amor cibernético.



March 9th, 1998. Monday 16,19 h
From:belledejour@barnamail.com
To:jrabs@telemail.unmad.es
Subject: Besos con sabor a madarina

JR ¿has vuelto ya de tu viaje? ¿Dónde fuiste esta vez? Ya ni me acuerdo. Estoy atontolinada en una clase de literatura hispanoamericana. Es la calefacción que está a toda leche y me está mareando. La “profe” está comentando los resultados de un examen sorpresa que nos ha hecho. Han sido dos páginas sobre “Facundo” de Sarmiento. ¿Lo has leído? Yo no, y no pienso hacerlo.

Estoy sentada al lado del tío más repelente de la clase ¡Ay! Espero que no gire la cabeza y me pesque lo que estoy escribiéndote. Es el típico listillo que se lee todos los libros para hacer luego preguntas extrañísimas. Yo creo que se las trae preparadas de casa, éste es incapaz de pensar por sí solo y en un instante ¡Pobrecito!

Aún estoy medio mala. Todavía quedan en mis tripas restos de cava, fresas y pastel de trufa. Ya ves doctor: ¡Dieta mediterránea!

¿Sabes lo mejor?; Mi colega, el listillo que se sienta a mi lado, ha tenido una calificación de “aceptable”. La mía; “muy bien” y...¿sabes qué? Pues que se joda. Por listo. A mí la gente tan así, me pone del hígado.

Ahora está diciendo la profesora que cuando acabemos la carrera y vayamos a pedir trabajo a una editorial nos pondrán como mucho a hacer contraportadas de novela y minibiografías de su autor. “ Es evidente que no os van a encargar una novela estando el mercado tan saturado como está y con tan magníficos escritores consagrados“. Pues colega...vaya porvenir nos espera a todos. Bueno a mí me queda el recurso de la escena, pero... ¡vaya usted a saber! No creo que me resigne a quedarme en contraportadista, que hasta el nombre me suena a espanto.

“La anécdota ayuda a la narratividad “ dice ahora esta gilipollas. Así cuando seamos contraportadistas, podremos escojer las mejores anécdotas con que ilustrar la jodida minibiografía del rejodido autor. JR, esta tía me está poniendo de muy mala leche y eso que casi no la escucho. Voy a mover la muñeca izquierda – de donde cuelga mi cascabel – para que el tilín tilín la joda un poco, además así de paso, desmotivaré a los que siguen escuchándola con cara de lelos.

Está mirando hacia mí a ver si descubre de donde sale el cascabel, pero yo le he sonreído. Ahora es cuando la tía se ha desconcertado del todo. Ya estoy más tranquila.

Huelo a mandarina, a mi perfume favorito. Es el que uso. No me pongo cachareles ni channeles del número cinco ni pijadas por el estilo. Cuando quiero oler bien ¡zas! me zampo una mandarina y estoy perfumada para el resto del día. Para las grandes ocasiones me zampo incluso dos. JR huéleme, te voy a gustar.

Esta mañana el día ha empezado guay. En el metro, llevaba puesto en mi walkman el canon de Pachelbel. No creo que se escriba así, pero me da igual, aunque no lo escriba bien, disfruto a tope con cada una de sus notas. Esa música me encanta, me fascina, me produce un efecto parecido al de la lluvia cuando me empapa entera de agua. Ya sabes JR, el agua me da la vida, el agua de la lluvia ¡me lo da todo!

¡Ah, y el sol! JR ¡el sol! Cuando lo he visto, he tenido a la fuerza que pensar en tí. Bueno a la fuerza no es la palabra correcta, dejémoslo en que al ver el sol he pensado en tí. Lo he visto por primera vez a través del cristal opaco del cuarto de baño y he salido disparada a la terraza para llenarme de él, y he pensado; “¡Ojalá JR esté viendo este sol! ¡Ojalá JR! Por favor, levántate si estás dormido y sal a la calle si estás encerrado. Por favor JR mira este sol, disfrútalo, por favor, por favor, por favor, que en Madrid o en Tenerife o donde quiera que estés ahora veas este sol como yo lo estoy viendo, entre nubes panzudas y blancas, como algodones dulces de feria, con el azul del cielo de fondo.
JR sal al balcón y mira este sol. ¿Lo ves? Es rojo, como mi pelo.

Y después de ese cielo vino el frío mañanero, y el canon, y una nueva amenaza de lluvia...JR no sé...estoy bien. Sigo extraña, como ayer, como los últimos días, pero no sé...me encuentro mejor. Ahora mucho mejor. Te estoy viendo entre las gotas de lluvia que empiezan a caer. Te ví antes, confundido entre los rayos del sol. ¿JR me has visto tú a mí?

Muchos besos, doctor, con sabor a esencia de mandarina, mi eau de toilette favourite. 

C’est pour toi.

Roca.

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EL DECLIVE

Fragmento de uno de los capítulos: Los protagonistas han viajado a Petra buscando, para su amor, una reconciliación imposible. Al final, ambos comprueban que todo está irremediablemente perdido.

...En los últimos meses las cosas han ido de mal en peor. Era previsible. Irene te lo venía advirtiendo con insistencia aunque tú, por miedo, trataras de ignorarlo. Se habían juntado demasiados argumentos y prácticamente todos eran inapelables. Lo de la edad, que a ti te parecía el escollo principal, para ella era lo de menos. Si te eligió cuando te eligió, decidiendo una unión contigo, sincera y duradera, fue porque en ese mismo acto aceptaba la diferencia en años que aparentemente os podría separar tanto. Ese fue siempre tu recelo, tu temor, la base de tus angustias. Te centraste en ese detalle minúsculo y abandonaste las estrategias que, sutilmente, atan a una mujer a su hombre.  Sigues, al día de hoy y cuando ya nada tiene remedio, aferrado a tus teorías. Ella te pedía algo menos de lo que tú estabas dispuesto a ofrecerle pero algo más de lo que nunca supiste darle. Sí, lo sabes; es difícil, a veces extraordinariamente difícil entender a una mujer, sobretodo a una mujer inteligente que ha aceptado por ti muchas renuncias personales y eso, te guste o no, acabará por pasarte factura si no sabes estar a la altura de lo que ella te demanda. Nunca has tenido a alguien que sabiamente te aconsejara en estos problemas. Nunca tuviste amigos; sólo dos personas fueron en tu vida referentes de perfil bajo: Lucía  tu exmujer y Elías tu socio. Con este bagaje es difícil abrir el corazón a nadie para pedir un consejo, para solicitar una ayuda que te saque de tu obcecación. En el fondo, tampoco la querías, no la buscabas porque te creías autosuficiente, capaz de resolver ésta y otras situaciones, incluso más conflictivas.
            Vuelves a intentarlo una vez más. Pero Amán no es Damasco ni Petra es Palmira. Las cosas rebuscadas no dan el juego apetecido y una vez más tienes que aceptar que nunca segundas partes fueron buenas, por más que te empeñes. Ha aceptado a regañadientes un nuevo y último viaje concebido a la desesperada; una aventura que os conducirá a ninguna parte, excepto al vacío absoluto y al alejamiento definitivo.
            Después de un vuelo largo y tedioso en el que os habéis dirigido sólo las palabras justas, los trámites de frontera han resultado desesperantes. Más de 4 horas en el aeropuerto de Amán esperando autorización de la oficina de inmigración. La causa: la presencia de un inoportuno sello de entrada en los Estados Unidos unos meses antes en el pasaporte de Irene. Ese detalle insignificante es causa, en la mayoría de los países árabes, de todo tipo de indagaciones y en muchas ocasiones supone la denegación del permiso de entrada al país. Finalmente las cosas se han resuelto después de mucha paciencia, de muchas explicaciones redundantes y de algunos dólares “descuidadamente” camuflados entre las páginas de su pasaporte. 
            Cuando recoges el equipaje y traspasas finalmente la puerta de salida de aquellas dependencias en las que os habéis sentido como auténticos prisioneros, piensas que el servicio para trasladaros a Petra habrá desaparecido. Para tu sorpresa un jordano de unos cuarenta años, de sonrisa abierta y bigote negro, sostiene un cartel de la agencia de viajes en el que está escrito tu nombre con grandes trazos negros. Ambos respiráis aliviados. El chófer no comenta nada por la larga espera, posiblemente esté acostumbrado a este tipo de trámites aduaneros cuando se trata de turistas europeos.  Os saluda muy amablemente y os ayuda solícito con las maletas hasta el coche que ha dejado aparcado no lejos de la salida. Sin que hayáis acordado nada, os traslada a un restaurante en las afueras de Amán donde os sirven una deliciosa comida árabe acompañada de un buen vino de la zona. Son más de las cinco de la tarde. "Tómense el tiempo que quieran para disfrutar de la comida —os dice—, y no olviden visitar el bazar que está a la salida. Podrán adquirir si lo desean bellos objetos de nuestra artesanía tradicional a muy buen precio" —añade. 
             El guía se sienta con otras gentes del país en una mesa alejada de la vuestra pero desde donde os vigila con gesto prudente por si algo pudieseis necesitar.
            Levantas tu copa, la acercas a sus labios y luego te echas un trago largo. “Por ti y por Jordania” brindas. Ella te mira con dulzura y sin decirte nada bebe un poco de su copa.  Durante la comida le hablas de los hechos y lugares que más os impresionaron en el viaje que hicisteis hace unos años a Damasco y a Palmira cuando las cosas entre vosotros eran dulces como la miel de Alepo. Notas que es imposible que ella, aunque lo intente, vibre como tú lo estás haciendo con las añoranzas de aquel hermoso viaje que ahora quieres inútilmente recrear en este nuevo periplo hacia las viejas piedras de Petra y las ardientes arenas del desierto de Wadi-Run. 
             Cuando acabáis, seguís las recomendaciones del guía y pasáis por la tienda de souvenirs. Le ofreces la tienda entera para que se quede con los recuerdos que más le puedan apetecer pero ella declina tu oferta. Compras para ti un CD de folclore beduino que te ha recomendado el tendero. Te gusta esa música y sueles escucharla a veces, sobretodo cuando necesitas saciar tus excesos de inconsolable melancolía.
            El viaje a Petra, a través de una moderna autopista, dura casi cuatro horas. A mitad de camino el guía vuelve a detener el auto en un bazar donde os ofrecen té verde con pastas de pistacho. Ya ha caído la noche y la temperatura. No hace frío, pero su camisola fina de media manga, tu polo de hilo y sobretodo el cansancio acumulado os obliga a proteger vuestros cuerpos con algo más cálido. Ella se pone un jersey de lana fina y tú una chaqueta de cuero negro que Irene te había regalado en vuestro viaje a Siria. Fue en el zoco. Tú no querías, en el fondo nunca te han gustado ese tipo de prendas pero aceptaste complacido ante su insistencia y por los halagos que te hizo viéndote con aquella indumentaria con la que tú no te sentías cómodo. Tampoco te sientes a gusto ahora pero la has metido en tu equipaje porque entiendes que con ello estás todavía reconociendo y agradeciéndole aquel delicado detalle que tuvo contigo cuando tú significabas tanto para ella. Eran otros tiempos.
Finalmente, acepta que la obsequies con unos ungüentos del Mar Muerto. Hay una enorme variedad de estos productos y su precio es realmente ventajoso si lo comparas con el que tienen en otros lugares. Eso es al menos lo que ella te dice como argumento válido para aceptar tu regalo. Como agradecimiento te da un beso escueto en la mejilla. Vaga sola observando con indiferencia los productos que se amontonan en las estanterías del bazar mientras tú tratas inútilmente de seguirla. Parece que te rehuye, que no desea tu compañía, que prefiere estar sola. Es imposible conseguir de ella una conversación sostenida. Sus comentarios son breves y sus respuestas se estructuran casi exclusivamente con monosílabos. No sabes si en su gesto hay más indiferencia que cansancio o más hastío que arrepentimiento por haber venido contigo hasta este extremo del mundo, sin desearlo. Quizá esté experimentando una mezcla de todos estos sentimientos al mismo tiempo. No pone demasiado empeño en ocultarlos y tampoco hace nada por aliviar la tensión muda que revolotea sobre vosotros. A veces, la miras de reojo y notas en su rostro como una pena secreta que no te quisiera desvelar, aunque tú sabes de sobra de qué se trata. Hace tiempo que tomó su decisión y busca en su interior el modo y la forma más suave de decírtela para causarte el menor daño posible. Ya no te ama pero mantiene el cariño, que es la forma más sutilmente cruel de corresponder a alguien que has amado y que aún sigue enamorado de ti. Te preguntas qué otra cosa podrías hacer para que cambiara su actitud y ninguna de las propuestas que tu cerebro te brinda te parecen adecuadas para este propósito. Tal vez sea el cansancio, te dices finalmente, antes de volver al coche.
            Son casi las once cuando llegáis al hotel.
La negrura de la noche no te ha permitido ver nada de las maravillas que te tiene reservada la nueva luz del día siguiente. Tu primera impresión es bastante decepcionante. Nada que ver con los hoteles suntuosos de Damasco o Palmira. Reclamarás, te dices, a la agencia de viajes cuando regreses a Madrid. Te habían asegurado que era de los mejores de la zona. Luego comprobarías que no, que los había realmente magníficos. Es desde luego limpio y funcional, pero exento de cualquier detalle lujoso, en especial la habitación y el baño. Hay dos camas separadas por una mesilla de noche que ha sido claveteada al cabezal común sobre la que reposa una lamparita tenue y un teléfono. En la pared de enfrente hay un mueble cajonero con un televisor bastante antiguo que sólo sintoniza un par de canales árabes. Descorres levemente las cortinas y compruebas que estáis en un segundo piso sobre la puerta de entrada del establecimiento. 
Imposible pedir nada; no hay servicio de habitaciones y para esas horas el bar ya ha sido cerrado. No os queda otra alternativa que echaros a dormir. Irene se muestra muy cansada y tú notas también sobre tu espalda el peso de un día demasiado largo. Cuando vuelves de cepillarte los dientes ella está entrando en la primera etapa de su sueño. Te acercas, acaricias levemente su pelo y depositas sobre su mejilla un beso de buenas noches que ella acepta sin responderte, ahuecándose entre sus sábanas. Te gusta su olor. Te gustaría acurrucarte a su lado y pasar la noche pegado a ella, acariciándola de norte a sur y de este a oeste, como tantas veces lo has hecho en los últimos cuatro años. "Déjame y duerme" —te dice, con voz soñolienta—, mañana nos espera un buen día."
            Casi no has pegado ojo en la noche breve.
A las seis de la mañana, a la hora convenida, suena el teléfono. El recepcionista te despierta con un saludo en inglés, al que tú respondes con un extraño sonido gutural. Irene en la otra cama está completamente inmóvil, casi no respira. Muy despacio te sientas en el borde. Entonces, como has hecho tantas veces, empiezas a acariciar su pelo y su cara para despertarla. Parece haber sido inmune al timbrazo del teléfono. Su sueño parece profundo, todavía. Poco a poco se va desperezando. Abre finalmente sus ojos y te mira sonriendo. "Qué hora es —te dice, mientras bosteza sin recato alguno y estira al máximo sus brazos entumecidos por la inmovilidad sostenida. 
Aunque todavía es noche cerrada tú sabes que aquello es el amanecer auténtico iluminado por el brillo intenso de sus ojos. Para tu sorpresa, rodea tu cuello con sus brazos y te atrae hacia ella para darte un abrazo largo. Huele a las noches de antes. Y a deseo. Retiras las sábanas y contemplas su cuerpo magnífico apenas cubierto por una ligera camiseta de algodón y una minúscula braga de encajes transparentes, azules y blancos. Aprovechas para acariciar aquellas carnes sedosas que para tu perplejidad y tu gozo se van abriendo y abandonando poco a poco hasta que derramas sobre ellas todo el amor y la angustia que has venido acumulando desde que iniciaste el viaje. Cuando terminas, compruebas que ya no existen aquellos saltos al vacío de los tiempos pasados, que su pasión se ha ido diluyendo conforme vuestra convivencia se ha ido volviendo áspera y tensa, que las noches locas han dado paso a las  horas aquietadas en las que el desenfreno irracional ha sido sustituido por la caricia calculada y dócil. Lo sabes y lo aceptas tal como es, no habría otra forma de apurar las últimas heces de este cáliz que ahora te hará beber.   
            Un guía distinto al del día anterior lleva más de media hora esperándoos a la entrada del hotel. Habla un inglés casi impecable y es de modales complacientes y amables. Dice a todo que sí. En un coche todoterreno os conduce hasta la caseta donde expenden los tickets, dejándoos luego en la misma entrada del desfiladero. Allí os invita a subir a una tartana medio desvencijada arrastrada por un mulo de andar triste y cansino que obedece impávido las mansas órdenes del arriero que, con agilidad felina, ha trepado de un salto hasta un minúsculo pescante para tomar las riendas. A vosotros os han acomodado en el destartalado asiento del nada pretencioso carruaje. Hace fresquito a esas horas tempranas del día. Luego será distinto; el calor os obligará a buscar las sombras y a beber agua continuamente.
            No es muy largo el trayecto por el desfiladero hasta llegar a la plaza del templo. El nivel de asombro y encantamiento por tanta belleza no te permite calcular la distancia entre un punto y otro. Absortos en lo que estáis viendo apenas cruzáis las palabras justas para confesaros mutuamente que es el paraje natural más bello e insólito que ambos habéis contemplado en vuestras vidas. 
            En un punto del descenso por el angosto pasaje pétreo más bello de este mundo, el arriero detiene el carro y os pide la cámara fotográfica para perpetuar sobre el papel vuestro primero y tal vez último viaje al antiguo reino de los nabateos. Rodeas su hombro con tu brazo y ella apoya su cabeza en el tuyo. El jordano sonríe cómplice y dispara hasta tres veces seguidas en distintas poses y ángulos. En la última ha enmarcado, entre los inmensos farallones de piedra rosada, una parte de la fachada del tempo al que enseguida vais a acceder.  La tomas por el hombro durante el tiempo que os detenéis frente a la impresionante fachada pétrea del templo nabateo. Sobran los comentarios. La historia, de repente, se ha transformado en belleza pura. Parece que el tiempo no corre, que el sol se ha varado en sus alturas para alumbrar tanto esplendor remoto y que las mismas arenas calientes se han vuelto insensibles a la acción de sus rayos. Os reís con el estrafalario espectáculo de un camello que bebe de un solo trago una botella grande de coca-cola. Ni siquiera aquel templo del esplendor puede escapar a los modernos mensajes del consumo desenfrenado. Cada uno montáis un caballo que conduce de las riendas un amable arriero y así, recorréis una parte de aquel valle de lejanía y misterio. 
            Hay, a mitad de camino, una especie de jaima estratégicamente situada para que los visitantes fatigados descansen un rato. Os sentáis y pedís un refresco. Todo el líquido es poco para aplacar la sed sofocante que provoca la sequedad asfixiante del lugar. Una foto con aquel fondo, otra con el pañuelo de cabeza colocado al estilo beduino, otra junto a un grupo de camellos, otra frente a las tumbas de los reyes... Cualquier excusa te parece adecuada para romper el hielo que se instaló entre vosotros desde hace tiempo. No hay forma de conseguirlo.      
Un poco más allá, frente al templo de los Leones Alados, hay un restaurante aseado en cuya terraza sombreada os sentáis a comer. No tienes apetito, sólo deseas beber y beberla a ella. 
            De repente ha recuperado una extraña locuacidad. Lo presientes y no te equivocas. Vuestra historia está a punto de terminar. Ni siquiera esperará al postre. Entre la ensalada y un guiso de carne de oveja muy aromatizada, que acabarás por sentirlo amargo, te dice que ya no desear seguir por más tiempo a tu lado. Lo adereza y lo suaviza argumentando que fue muy feliz en los primeros tiempos, que nunca te va a olvidar, que ha vivido contigo los momentos más emocionantes de su vida, que no podrá repetir con nadie las experiencias que ha vivido a tu lado, que su vida profesional dio el gran giro de su vida por la ayuda que tu le diste aunque luego no lo supiera aprovechar en toda su dimensión, que se ha sentido contigo plenamente mujer y que notó por vez primera lo que significaba ser compañera de un hombre, que no entiende por qué las cosas empezaron a cambiar y nunca ha podido saber cuál de entre todas ha sido la razón principal que la ha llevado a tomar esta decisión, que tú tendrías que reconocer que tu comportamiento de los últimos tiempos ha sido incomprensiblemente distante, que te ha faltado ternura y dedicación y hasta has mostrado un punto de egoísmo, que no has sabido interpretar sus angustiosas llamadas para reconducir los hechos inevitables, que es consciente de lo mucho que ambos vais a sufrir pero que su decisión, después de mucho madurarla, ya no tiene marcha atrás. Y concluye como se suele hacer en estos casos: En el fondo es lo mejor para ambos.
   Amén.
            Como toda respuesta, y esbozando una sonrisa boba, le preguntas qué postre desea tomar y le sugieres un pastel de higos que has visto en el expositor de alimentos.
Silencio.
            Cuando apuráis el café y pagas la cuenta haces un gesto al beduino para que os vuelva a conducir a la entrada. En la plaza del templo dejáis los caballos y cogéis un pequeño tílburi. En silencio volvéis a recorrer el desfiladero más bello del mundo y regresáis al hotel.  
            Ella te sugiere adelantar el viaje de vuelta y aunque comprendes que eso sería lo más aconsejable, sabes también que los días que han sido programados serán los únicos que te quedan para estar a su lado por última vez. Y le propones continuar el viaje tal cual lo habíais decidido. Y recorréis durante dos pesados días el sofocante Wadi Rum con sus impresionantes montañas de rosa y magenta, hasta llegar a Áqaba.
             Allí aguantaréis un día y medio más junto a sus bellísimas playas hablando de cosas triviales para matar el tiempo lento. Es ella la que está ahora mas comunicativa que tú; se nota que se ha liberado, que se ha quitado un gran peso de encima. Quiere animarte y hacerte felices las horas que aun os quedan por compartir y, aunque tú lo quisieras, tu humor está a tan bajo nivel que por más empeño que pones tus esfuerzos resultan estériles. Te das cuenta que, de repente, Irene es como la línea del horizonte que tienes enfrente, cuanto más intentas acercarte más se aleja.
Para tu amargura, el hotel de Áqaba es magnífico, la habitación suntuosa y la cama, en la que te sientes como un huérfano, es de enormes dimensiones y recubierta por sábanas de auténtica seda. Mientras compruebas que ella duerme plácidamente tú has pasado las dos últimas noches sentado en la terraza de la habitación con la vista perdida en un mar misterioso, rojo y plácido, como posiblemente estuvo Salomón miles de años atrás cuando su Dios le dio la espalda por sus muchos pecados de soberbia y lujuria. Ni siquiera te has parado a pensar en lo que te espera a partir de ese viaje, ni en la forma en cómo vas a enderezar tu vida sin ella, ni en el modo en que vas a llenar tus horas muertas sin sentir su presencia. Sin su amor te sientes como un Romeo abandonado y lo mismo que a él te da igual muerte que destierro. Sentado frente al mar oscuro, como estuvo hace años Lawrence de Arabia, estás viendo otra vez lo que creías que era invisible: el fin del mundo.


                                                  ***

HORA Y MEDIA A MANHATTAN

Escena en la que se narra la relación del protagonista con una joven prostituta a la que con argucias introduce en su delirante mundo de drogadicción.

...Un par de semanas después de haber estado en el apartamento de Eva me acometió la agonía del desamparo. Eran casi las doce de la noche y por aburrimiento fui al cuarto de baño para cepillarme los dientes antes de meterme a la cama. Casi nunca lo hago; no porque sea desaseado sino porque unas veces se me olvida y otras estoy tan cansado que sólo me da para llenar el vaso de agua y tragarme los somníferos. 
Cuando terminé de enjuagarme con el colutorio de menta y clorofila, observé en el espejo mis dientes de pálido ambarino y mis labios de incierto porvenir. No quise mirarme a los ojos para no escuchar los aullidos lacerantes del lobo que me crece por dentro cuando me sube por la nariz el tufo de la peste. Me pregunté qué razones tendría Eva para no besarme la primera tarde en que fui a verla. Las maldades nimias que nacen del corazón de los hombres se germinan con el frío escarchado del resquemor y la inquina y, para cuando uno pretende rectificar, el daño ha recorrido un trecho tan largo que retroceder es tarea inútil, de tantas y tantas revueltas y tantos y tantos tumbos como se ha ido dando en un camino plagado de curvas tortuosas y pavimentos deslizantes. 
No pude evitarlo. Busqué entre mis papeles y encontré su teléfono. Su voz lejana de sueño enmarañado y su bostezo metálico estimularon mis instintos. Tuve que recordarle primero y convencerla después que yo era quien la había visitado un par de semanas antes para tener con ella únicamente un rato de conversación. Me costó trabajo persuadirla. Al final accedió a recibirme aunque no por más de media hora y al precio de siempre, es decir: veinte mil. Me vestí rápidamente, cogí el dinero necesario y cargué en mis bolsillos droga suficiente para que Eva y yo viajásemos juntos a mi paraíso de mugre y tragedia. O Madrid estaba vacío esa noche o mi ofuscación no me dejó ver a nadie en sus calles. Parecía que todos sus habitantes estaban muertos y que todos los coches hubiesen sido aparcados en el dique del olvido, incluso los semáforos estaban fuera de servicio.
 En contra de lo que esperaba me abrió la puerta ataviada con un vestido largo. Me pareció un quimono japonés adornado con chillonas estampaciones florales en tonos amarillos desvaídos y verdes manzana. Una abertura lateral hasta la cadera descubría con cada paso su interminable pierna izquierda. El escote, holgado, dejaba casi al descubierto sus dos pequeños y erguidos senos. Cuando se inclinó sobre sí misma para recoger del suelo su perrita de aguas pude ver semienterrados en la oscuridad sus dos pezones cobrizos. Iba descalza y el cabello le caía en desorden sobre los hombros. Tenía el aspecto de haber recién despertado de un sueño ácido y viejo. Ya no me pareció tan bonita como el primer día y, sin embargo, su desaliño la hacía mucho más deseable. Tampoco la casa olía a sándalo y las velas, con sus pabilos apagados, negros y tiesos como patas de mosca, parecían falos diminutos enclaustrados dentro de los vasitos multicolores desperdigados por todas partes. No encendió ninguna pero colocó un ramito de alhucema en un pequeño incensario de barro al que prendió fuego tratando de sanear una atmósfera espesa y algo turbia. Una delgada columna de humo blanco zigzagueante ascendió hasta el techo para desparramarse después por todos los rincones de la pequeña sala donde nos encontrábamos. La perrita tosió cuando el sahumerio se coló por su nariz y escapó corriendo hacia el dormitorio.
  —Me gusta este olor natural —dijo Eva, acercando su nariz al pebetero—, odio los ambientadores con aromas de diseño. Me parecen todos una mierda.
 Se sentó frente a mí, y mientras me observaba maliciosamente, arrebujó sus piernas con los flecos del kimono, y sin recato alguno me dedicó un nuevo y monumental bostezo.
 —Perdona, hombre —dijo, medio riendo— estoy más p’allá que p’acá. Ahora me despabilo. ¿Cómo me dijiste que te llamabas? ¿Te sirvo una copa?
 Le acepté una ginebra seca con hielo. Del frigorífico de la minúscula cocina americana sacó un tetrabrik y se sirvió un zumo artificial hecho probablemente con esencias cancerígenas de alguna fruta exótica. Después de un trago largo se le escapó un mínimo eructo. “Disculpa” —musitó, mientras se llevaba a la boca el dorso de su mano derecha—. Luego se levantó, y mientras mordisqueaba con escaso convencimiento una manzana pálida, comenzó a hurgar entre los compactos de la estantería. Inmediatamente, se desgajaron de los altavoces de la minicadena las primeras sublimes notas del concierto número uno para violín y orquesta de Mendelssohn. Aquel detalle de refinamiento me sorprendió agradablemente, casi me conmovió.
 —Yo sé, de fijo —dijo, tratando inútilmente de refrenar un nuevo bostezo—, que a estas horas la música de violín os pone cachondos. A ver si tengo suerte contigo y consigo animarte un poco, y de paso, yo también me pongo a tono. Si no te gusta la música clásica tengo a Jim Morrison o a Prince o a Navajita Plateá, pero tendría que ponerla bajita; tengo unos vecinos que son unos plasta y a la menor estridencia avisan a la policía. Menudo pollo se montó la otra noche. Todo porque la jodida vieja de al lado se ha enterado de que soy puta y ahora está haciendo campaña entre el vecindario para que me echen. Peor es lo de ella, que pone música de iglesia a las seis de la tarde y me espanta a los clientes. Ahora la tiene tomada con mi perrita y va diciendo por ahí que se mea en el ascensor. ¡Vamos! Ya quisiera esa guarra ser la mitad de limpia de lo que es mi Tani. Perdona la descortesía —añadió mecánicamente—, pero tienes que pagarme ahora. Ya sabes, es la costumbre en este negocio.
 —¿Y qué pretendes hacer esta noche? —me dijo con cara de interrogación cuando vio desparramados por la mesa del saloncito los cuatro billetes de diez mil pesetas que acababa de tirarle.
Me limité a beber de mi vaso y no le contesté. A veces me gusta parapetarme tras la cortina de humo espeso que levanta, sin quererlo, la elocuencia rijosa de los silencios.
 —Qué raritos sois algunos tíos —me dijo, sin parar de bostezar—. ¿No crees que te sentaría mejor a estas alturas de la noche un buen polvo que un rato de cháchara? Con un buen "caliqueño" te quedarías bien relajadito y dormirías como los ángeles. Anda, hombre, déjame que lo intente y otro día hablamos de lo que tú quieras. A estas horas soy incapaz de poner mis ideas en orden, a lo más que puedo llegar es a hacer como que te escucho y no te aseguro que en un santiamén no vaya a quedarme frita. Me has cogido en la primera etapa del sueño y salir de ahí me cuesta un huevo. No me parece bien que malgastes tanto dinero para casi nada. Anda, recoge la mitad y guárdalo para otro día, ya te dije que ni soy avariciosa ni me gusta abusar de mis clientes. Además creo que me va a bajar la regla de un momento a otro, la tripa y los riñones me duelen a reventar y a lo mejor te pido que te largues antes de lo que te imaginas. Mira si quieres me quito la ropa y te voy haciendo cositas para ponerte a tono. ¿Hace?
 Se colocó frente a mí y con movimientos muy lentos y sensuales, que me recordaron vagamente a la Gilda de mis fantasías infantiles, empezó a desabrochar su vestido desnudando primero los hombros y luego los brazos para dejar más tarde al descubierto sus pechos desafiadores de la ley de la gravedad que se adornaban con dos magníficos pezones que, desenfocados por el contraluz, se me antojaron duros y tiesos como castañas pilongas. 
Luego me dio la espalda y dejó que el vestido se desplomase bruscamente hasta sus pies. Ante mí quedaron expuestas sus caderas suavemente redondeadas, sus muslos oblongos y tersos y sus perfectas nalgas de piel de albaricoque. Ni un ápice de celulitis, ni un gramo de grasa en exceso, ni el menor atisbo de una estría prematura. En esa posición, y con movimientos que dejaron de ser sensuales para volverse obscenos, se deshizo lentamente del minúsculo tanga negro que cubría mínimamente su sexo y que, una vez en su mano, lo volteó varias veces como suelen hacer en los auténticos strip-tease para, finalmente, arrojarlo sobre mi cara. Su olor era neutro. Después dio media vuelta y se exhibió impúdicamente, mientras se acariciaba con creciente procacidad el pecho y el sexo, casi completamente depilado. 
Sentada en el sillón de enfrente prosiguió con sus juegos provocativos y lúbricos acariciando su cuerpo con un enorme consolador rosado que poco a poco fue introduciendo en su cuerpo hasta dejarlo completamente enterrado. Lo hacía tan convincentemente que hasta por un instante tuve la sensación de sentirla gozando por sí misma y a punto de alcanzar un auténtico orgasmo. Después de un tiempo durante el cual mi excitación fue creciendo de forma paralela a su irrefrenable provocación, se arrodilló ante mí para separar con calculada violencia mis rodillas y bajarme con ademán impetuoso la cremallera del pantalón. Durante un buen rato, en el que mis sentidos comenzaron a acomodarse en la recámara agridulce del abandono, su boca y su lengua entablaron un mudo diálogo con mi exultante virilidad obligándola a perderse en ese punto cenital y lejano en el que casi nada se oye, nada se ve, pero todo se percibe con la furia indomable del fuego arrasador. Luego, me liberó dulcemente del resto de mi vestimenta hasta dejarme tan desnudo como lo estaba ella. Me atrajo hacia su silueta, y abrazada a mi cintura me indicó el camino de su dormitorio.
 —No hables —me ordenó—. La noche no es de la palabra sino del mundo sentidos. Deja que sean ellos los que tomen la iniciativa.
Y cuando menos lo esperaba, atornilló su boca a la mía y me besó de una forma tan dulce y violenta que yo mismo quise imaginar, en aquel beso, un acto espiritual impulsado por la pasión y el afán de un deseo, que por fuerza, tenía que estar matizado por los estigmas remotos de una ambigua y falsa ternura. No fue así. Me lo diría Eva más tarde: “Cuando veo entregado al cliente, como tú lo estabas, yo misma acabo por entregarme sin reserva alguna. En esos casos no me importa besar en los labios y revolver en su interior con la lengua. Mi profesionalidad está por encima de mis escrúpulos.”
 En la cama fue ella quien siguió marcando la pauta. Aquel juego me resultaba tan excitante y placentero que me fui abandonando al ritmo que ella imponía hasta que mi voluntad y mi entendimiento perdieron hasta su último soplo de vitalidad. Aovillaba y expandía su cuerpo sobre el mío con una agilidad felina. No dejó rincón por recorrer ni hueco por explorar. Su boca, su lengua, sus dedos, las puntas cortantes de sus pezones, las escobillas rasposas de su rizado pubis correteaban inquietas sobre mi piel provocándome minúsculas sacudidas como si fuesen pequeñas descargas eléctricas que te erizan el vello y te tonifican el músculo. Cuando ella lo decidió, me encajó en su interior y sacó de mis entrañas tres ayes prolongados, que me nublaron la vista y tensaron mi columna en una contorsión dolorosa y placentera que casi me hizo perder el uso de la razón. Luego noté sobre mi pecho y mi abdomen el chapoteo indecente y mohoso de nuestro sudor desordenado. Cuando abrí mis ojos, Eva aun seguía presa de la convulsión que había nacido en su bajo vientre y que le ascendía con inusitada violencia para atenazarle la garganta y trenzarle la raíz del pelo. Para entonces yo sólo notaba el dolor lacerante que me provocaban sus uñas incrustadas en la espalda.
 —¡Hostias! —exclamó, al retirarse de mí—. Ha llegado antes de lo que yo me esperaba. Un poco más y te hubieses quedado con las ganas. No te muevas que enseguida vuelvo.
Mientras se apresuraba camino del cuarto de baño, un reguero de rutilantes gotitas rojas que se desprendían desde el rincón íntimo de su vientre fueron perfilando sutilmente el sendero de su desgracia.
Cuando reapareció, su semblante estaba más pálido y un aire de abatimiento remoto se acaba de instalar sobre la bóveda acristalada de sus ojos noche. Una braguita azul cubría apenas el intrincado misterio de su existencia breve. Por más que había rebuscado en su botiquín, la cajita blanca de saldeva estaba dolorosamente vacía. Se sentó en el borde de la cama y, sin expresión alguna, fijó sus ojos en un punto intermedio entre los míos y la luz mortecina y malva de la mesilla de noche.
—La hemos “cagao”, macho —dijo, con resignación—. Se me acabaron las pastillas contra el dolor de riñones que me provoca la jodida regla. A ver qué hago yo ahora. ¡Menuda noche me espera!
La anhelada oportunidad acude siempre de la mano de la casualidad mendaz y cutre. Sin responder a sus palabras le tendí mi vaso de ginebra consciente de que iba a rechazarlo.
—Gracias, hombre, pero esa mierda mejor te la bebes tú. Sólo me provoca naúseas y me aumenta el dolor de barriga.
Al incorporarme, sentí clavada sobre mi dorso la vergüenza blanda de mi propia desnudez. Recogí del suelo los calzoncillos y me los coloqué de espaldas a Eva. Para entonces, mi virilidad era tan sólo el esperpento lastimoso y fláccido de un inmediato y ya olvidado esplendor. Ante estas circunstancias, los hombres sentimos el pudor irrefrenable de un Adán tras su pecado origina, y tratamos de evitar las miradas inquisitivas ocultando nuestras minusvalías con modernas hojas de parra fabricadas con una mezcla de acrílicos inarrugables y algodones neutros. Con aire fingidamente interesado, rebusqué en los bolsillos del pantalón. Aunque sabía perfectamente donde había colocado la "mierda", durante unos instantes simulé buscar algo como si no estuviese seguro de haberlo llevado conmigo. Carla me había instruido en el prudente manejo del polvo blanco y yo jamás había olvidado su lección. Desde mis tiempos con ella lo acarreaba siempre embutido en las inocentes cápsulas granate de nolotil por lo que pudiera pasar. Cada vez que rememoraba la escena del policía rebuscando en la guantera del coche, se me ponía el vello de punta y se me aflojaba el ánimo
—Estas cápsulas son milagrosas —le dije, blandiendo una de ellas y tratando de dar a mis palabras un reforzado matiz de incontestable convencimiento—. Tragadas te aliviarán el dolor casi de inmediato pero esnifadas te llevarán al paraíso.
Y para dar credibilidad a mis palabras, desencajé la cápsula, derramé su contenido sobre el cristal de la mesilla de noche alineándolo en una delgada rayita, y con uno de los billetes de diez mil pesetas hecho un canuto, lo aspiré todo de un solo golpe. Cuando terminé miré a Eva con satisfacción mientras ella lo hacía con boquiabierta perplejidad.
—¡Pero, so hijo de la gran puta, esa mierda es cocaína! —balbució, abriendo exageradamente los ojos—. Por mí te las puedes meter por la nariz o por el culo. Yo no la pienso probar.
 —No te he dicho que la esnifes —le respondí, sonriendo- lo que te propongo es que te impregnes las encías con un poco de ella. Tal vez eso sea suficiente para que se alivien tus molestias y puedas dormir tranquilamente. Hazlo sin miedo. Los propios médicos la recomendamos para estos casos y en la forma en que te acabo de decir. No tengas miedo, en cuanto te sientas mejor me iré. También yo estoy cansado y me empieza a doler la cabeza.
   —Así que eres médico. Ya me había parecido que podías ser cualquier cosa menos lo que me dijiste.
 Lo que vino después tuvo que haber sido escrito por el destino cruel el día que la madre de Eva dejó que prendiera en las entrañas de su vientre la nueva flor de una vida inútil. Sin que ella lo imaginara, el germen de la tragedia acaba de anidar entre las sábanas pegajosas de su cama contaminadas por los efluvios mercenarios de los que sufren en el corazón la sequía de los afectos.
 Tengo peor memoria que mala conciencia de lo que ocurrió durante las horas en las que la noche hizo de nosotros títeres de la hecatombe. Poco a poco, Eva acabó con todas mis reservas: las de coca y las otras. Mientras tanto, yo fui vaciando una tras otra las botellas que quedaban en el mueble bar. En la pequeña cocina nos fabricamos un pico con la "mierda" que llevaba encima. Cuando nos la inyectamos, tuve la sensación de que hubiésemos sido atacados por una pasión antigua y frenética que tratábamos de expulsar de nuestros cuerpos enterrando en ellos todos los vicios de este mundo. Al claroscuro de la luz mortecina y malva que fluía de la mesilla de noche, el perfil de sus labios quedó patéticamente ensombrecido como si fuera el atardecer doliente y húmedo de un destartalado día de noviembre. Sus ojos empezaron a deslustrarse como si repentinamente hubiesen sido pisoteados por el paso de los años mientras que el reducto convexo de sus pezones aumentaba y disminuía de tamaño ajustando su volumen al ritmo que iba marcando su respiración anhelante. 
Cuando las neurohormonas alcanzaron en nuestras sangres el cénit de su esplendor, el deseo nos acometió nuevamente en forma de un tétanos concupiscente al que no nos pudimos resistir. Nuestros cuerpos se trenzaron con la voluptuosidad y el exceso que provoca la unión de los estrógenos y la testosterona y que, incontenibles, manaban desde nuestras entrañas lascivas convirtiéndonos en dos fieras enceladas. Hacía calor y el olor a tigre enjaulado que se empezaba a enseñorear del pequeño dormitorio nos volvía la piel resbaladiza y pringosa y las ideas aberrantes. Eva cabalgaba sobre mi cuerpo aferrando sus muslos contra mis caderas lacias mientras aplomaba en cada sacudida, con los cuchillos romos de su pubis, el esplendor lascivo de sus nalgas codiciosas y su sexo naufrago. 
De pronto, sus ojos empezaron a girar sobre sí mismos lanzando destellos agudos como si fueran los fondos geométricos de un caleidoscopio oxidado por el salitre de los siete mares. El cordón de su columna vertebral se tensó como el cabrestante de un batel al albur del viento y las venas del cuello se transfiguraron en senderos tortuosos por donde sólo estaba permitido el tránsito de la lujuria. De su garganta se escapó el desgarro de un aullido primitivo y tosco que penetró en mis venas para acelerar aun más la alocada carrera de mi sangre, espesa y ardiente. En el instante breve del deleite pleno, vi hacerse la noche sobre la noche misma. La visión desparramada y agónica sobre las cosas próximas acabó muriendo de golpe en el envite iracundo y postrero que deja levitando los cuerpos y fuera de sí la esencia misma de las almas. 
Sobre los restos de mi desbaratado pecho sentí desplomarse inerme el peso inconsistente de su naturaleza frágil mientras que desde la oquedad de su vientre, noté que manaba hasta el mío el fluido rojo y tibio de una vida que se me antojó desesperanzada y muerta. La polifonía de aullidos, semen y sangre quedó suspendida en el aire cuando fue definitivamente acallada por la hipnosis que promueve en el corazón el lastre del alcohol, el sexo y la droga.
Un par de rohipnoles nos ayudó a calmar la excitación incontrolable que nos había provocado la media docena de rayas que habíamos ido esnifando a lo largo del combate y los picos que nos habíamos ido inyectando hasta acabar con las reservas.
A partir de aquel instante, el legado confuso de los recuerdos se atora en los recovecos de mi memoria que quedó aturdida y seca como si fuese una crisálida muerta. Eva, agazapada contra mí como un feto enclaustrado en su útero, dormía plácidamente un sueño abismal empapado de sexo y drogas. Me pareció que roncaba y sentí pena al despertarla. 
Hasta la profundidad de mis sesos llegó con violencia el sonido lejano y confuso de una música estridente que se mezclaba con el estrépito machacón de los timbrazos incesantes. Cuando movilizó su cuerpo para levantarse de la cama, el entorno se tiñó de un tufo ácido y mohoso impregnado de tedio. De nuevo, el bostezo de la desidia dejó al descubierto su aire de minúsculo desamparo. Desde la penumbra del salón pude entrever la silueta entrecortada y enclenque de la colérica vieja. Estaba escoltada por dos policías de aspecto aburrido y trasnochado. Entre ellos hablaban un lenguaje críptico y urbano que no logré descifrar. Busqué, casi a tientas, el interruptor de la minicadena y asesiné con placer el insufrible sonido de la música bakalao. El silencio se instaló en el ambiente con un aire tan pontifical y solemne que sentí relajarse de repente todo el andamiaje trápala de mi maltrecha osamenta.
Parapetada tras la cadena de seguridad, Eva les tendió mecánicamente el carnet de identidad y ni se molestó en dirigir a la insufrible vecina su total desprecio en forma de exabrupto. Yo me escabullí hacia el dormitorio y el cuarto de baño para borrar cualquier vestigio de nuestro delirante delito. Afortunadamente la droga ya estaba en un lugar inviolable: el confuso limbo de nuestros turbados cerebros.
Creo que tuvo que firmar unos papeles que posiblemente serían la justificación documental de la denuncia impuesta. Antes de cerrar la puerta uno de los policías tuvo el detalle de desearle buenos días.
Eran más de las once de la mañana.
Dos días más tarde, Eva me llamó. No sé cómo pudo obtener hasta el más pequeño detalle de toda mi identificación. Aquello no me preocupó; al fin y al cabo mi autoestima estaba aniquilada y mi reputación no era mucho mejor que la de una prostituta dada al alcohol y a la droga. El motivo de su llamada me lo dejó muy claro desde el principio. Quería más droga y yo me sentí encantado de tener una compañera con la que repartir el polvo anémico del delirio. 
Durante las tres siguientes semanas no dejamos de vernos ni un solo día. Ella recibía a sus clientes por la tarde y a mí, en exclusiva, durante toda la noche. Al caer las sombras nos perdíamos por los tugurios infectos de los peores barrios donde nos atiborrábamos de alcohol e inundábamos nuestras coanas con el perfume acerbo de la locura y sembrábamos nuestras sangres con la delirante semilla de la miseria. La excitación que veía en sus ojos enardecía mi pasión y avivaba el instinto calcinado y ruin de mi escondida maldad.
Esnifábamos cocaína, sí; pero también nos metíamos otras "mierdas" para contrarrestar la agitación irrefrenable que provoca el polvo. Un día, a instancias suyas, nos preparamos un pico con speedball. Yo me resistía porque ya sabía a donde nos conduciría aquello. En mala hora lo hicimos. Desde entonces Eva ya no quiso otra cosa que aquella mezcla sublime de coca y “caballo” que te transporta a paraísos delirantes y te deja colgado toda la noche al relente mágico de las estrellas. Galopaba sin freno día y noche por los senderos macabros de su propio exterminio. Yo siempre tuve claro donde tenía que parar, pero Eva, —¡pobre e incauta Eva!— quiso beberse la vida de un solo trago. No pude o no quise convencerla de su error y tal vez tampoco sentí la firme voluntad de ayudarla. Envuelta en la espiral de su propio desvarío, la vi caer sin remedio al abismo donde se amontonan, como chatarra vieja, los cuerpos rotos de las gentes que no quieren poner límites a la locura.
Me aparté de su lado cuando comprendí que nunca desmontaría del caballo patético de la ruina y que ya cabalgaba imparable por las venas de su frágil cuerpo transfiguradas en espesos cordones de esparto negro.
Me enseñó a tomar bazookas. Según me contó, fue un negro jamaicano que vendía “caballo” y cualquier clase de "mierda" en “La Celsa”, el que la enseñó a prepararlos. Eva aprendió rápido. Era lista para casi todo. En el bazooka mezclaba cocaína con hachís y “caballo” haciéndolo burbujear en whisky, en vez de en agua. El resultado era explosivo. Cuando lo aspiré por primera vez, un fuego de oro rojo me recorrió las venas como si fuera una yegua desbocada que reventó violentamente en todo mi ser para escaparse luego, como si fuera un ladrón furtivo, a través de las ventanas que le abrieron mis dos pupilas desgarradas. Me quedé casi ciego durante un par de horas y con el pensamiento hundido en el pozo rancio del desvarío. Nunca aspiré una cosa igual, pero tampoco quise volver a probarlo. Cuando al poco tiempo se me clavó en los riñones el frío del “mono” y el cerebro se me tiñó con el color pardo de la miseria, sentí mucho miedo. No lo volví a probar, para Eva, sin embargo, fue siempre su “chute” preferido.
Un día desapareció de mi vida y de su mundo dejando vacío e impagado su pequeño y acogedor prostíbulo que era al mismo tiempo su hogar y todo su mundo. No sé que sería de Tani, su pequeña y alérgica perrita por la que nunca tuve excesiva simpatía. Si supiera por dónde anda trataría de rescatarla. Sé que a Eva le gustaría.
Cuatro meses después recibí una llamada del asistente social de un hospital de Madrid. Una drogadicta que acaba de ingresar en estado agónico, llevaba escrito mi nombre en un papel arrugado y sucio que atenazaba con su mano. Me costó trabajo reconocerla. El shock séptico que la tiró del “caballo” había marcado su cuerpo con la huella indeleble del espanto. Tenía los rizos deshilachados, los pómulos abismados, la nariz afilada y las uñas negras. Fijé mis ojos en los suyos, que miraban a ninguna parte, y recordé, no sé por qué, el primer día que me abrió la puerta de su apartamento vestida únicamente con toda la magnificencia de su pequeño tanga y todo el descaro de sus erguidos senos teñidos de pocos años. 
Cuando la muerte, evanescente y dulce estaba a punto de tomar su cuerpo, me di cuenta de que su párvula memoria hacía ya tiempo que había salido de este mundo. Por eso no quise decirle nada. De haberme podido oír le hubiese dicho: “Eva, mi pequeña puta, no me dejes solo. Espera un momento. Dispárame de nuevo con el dardo envenenado de tu bazooka. Esta vez será la última. También yo me iré contigo.” Pero ya no podía escucharme. A su alrededor todo era inocencia, blancura y paz. Un silencio de muerte espesa la arropó poco a poco con el sudario tenue que apenas cubría su cuerpo frágil y exangüe. Cuando expiró, la línea de su boca se estiró en una mueca extraña tratando de componer una sonrisa triste e inútil. Quise pensar que aquello lo hacía por mí. Y tal vez fuese así.
Nadie reclamó su cuerpo. Hube de hacer valer mi poco creíble condición de pariente lejano para que no fuese enviada a la sala de disección. En ese momento, la imagen de Charly chorreando sangre por la nariz y la boca se me vino al pensamiento. No sé por qué Charly reaparece siempre en los momentos más duros de mi existencia.
La cremamos una luminosa mañana de abril, cuando los árboles y los campos ya habían decorado sus ramas y sus praderas con el verde rabioso de la esperanza y el aire se estremecía con la fragancia impetuosa de la vida nueva. 




CONEJILLOS DE INDIAS

Fragmento de uno de los capítulos.


…En ocasiones, las alarmas saltan en otros terrenos confundiendo extraordinariamente al médico en su práctica clínica. Se nos aseguró, al principio de la epidemia, que el SIDA acabaría en pocos años con la mitad de la Humanidad, una enfermedad de proporciones bíblicas para la que no había tratamiento. Hoy en día sabemos, gracias afortunadamente a los antirretrovirales, en qué modo un paciente con inmunodeficiencia adquirida puede llevar una vida de muy aceptable calidad y de qué manera se han modificado sus expectativas de vida. Del mismo modo se nos informó, que el mal de las vacas locas (la encefalopatía espongiforme de Creutzfeldt-Jakob) acabaría con la vida de los que consumieran determinadas carnes de vacuno y que éstas, por tanto, habrían de ser desterradas definitivamente de la dieta ante la imposibilidad de verificar controles preventivos eficaces. La realidad, afortunadamente, es muy  diferente. En otro orden de cosas se admitió que la homosexualidad era la consecuencia inevitable de la translocación de un determinado gen o que el tabaco podría reducir la elevada prevalencia actual de la enfermedad de Alzheimer. Al día de hoy, muchas de estas irreflexivas tesis están siendo desmontadas, simplemente, basándose en la evidencia clínica y en la observación razonable.
Por el contrario, hace pocos años se dijo, triunfalmente, que gracias a las isoniacidas, al PAS y a la rifampicina, la tuberculosis no sólo había dejado de ser un problema médico en el primer mundo sino que en pocos años quedaría como una rareza histórica del pasado. La realidad al día de hoy nos demuestra que potenciada por el SIDA, la antibioterapia descontrolada, los movimientos migratorios masivos, las penurias y otras miserias que no han dejado de acosar al ser humano, la tuberculosis ha rebrotado con una fuerza y una prevalencia tal, que ha vuelto a constituirse, nuevamente, en uno de los problemas más graves de salud pública.
Estoy convencido de que en muchos aspectos la sociedad actual está yendo por delante de la clase médica en determinados conceptos que mucho tienen que ver con la salud y más aun con la calidad de vida.
La clase política responsable de los asuntos sanitarios, a veces, corre aterrada por delante de los acontecimientos para tratar de salvar sus posibles responsabilidades en aras de una preservación de su imagen y actividad. El caso más palmario lo tenemos estos días con la tan traída y llevada gripe porcina, recalificada como gripe A. Cada día se dicen cosas nuevas y las estrategias terapéuticas y preventivas cambian casi de hora en hora. Los médicos andan desconcertados y los ciudadanos más aún. Se dijo, en un principio, ante las primeras muertes mexicanas y argentinas, que la población mundial quedaría diezmada por esta virasis. Ahora, y a la vista de la evolución clínica, se ha corregido la plana para venir a decir que su morbimortalidad global no será más elevada que la de la gripe estacional.
Sigue muy confuso el tema de la vacunación antigripal; no se tiene certeza respecto del número de dosis a administrar, su especificidad, su seguridad, su eficacia, sus interacciones y sobretodo sobre los diferentes grupos de riesgo a los que habría que aplicarla. Desde mi punto de vista podría resultar arriesgado una preparación tan rápida como la que lleva la industria farmacéutica para “llegar a tiempo”. A tiempo ¿de qué? ¿de no perder cuota de mercado cuando la gripe haya efectuado sus dos oleadas y la vacunación ya no sea necesaria?
En la década de los setenta, un joven soldado americano falleció a consecuencia de una extraña virasis no sin antes contagiar a algunos de sus camaradas de cuartel. En éstos el proceso viral fue banal y exento de complicaciones. No hubo más fallecidos. Cuando se analizaron las características del agente causal, éste resultó ser un virus del grupo H1N1 (familiar del que actualmente es el causante de la gripe A). Estructuralmente era similar a los virus que provoca la gripe porcina y la aviar pero no más ofensivo que sus homólogos. Alarmados los responsables de la Army americana y presionados por su presidente Gerald Ford, se apresuraron a preparar, en el menor tiempo posible, una vacuna contra aquel proceso viral que fue rápidamente administrada a todo el acuertelamiento.  Los resultados no fueron favorables. La rápida preparación de aquella vacuna  no permitió una adecuada amortiguación de los componentes virales necesariamente atenuados para generar anticuerpos antigripales capaces de  preparar en la lucha al sistema inmunológico de los vacunados y posteriormente contagiados. Fue, sin embargo; alarmante que en el período post-vacunal se observaran algunas encefalitis no graves y síndrome de Guillem-Barré (parálisis fláccida ascendente) de evolución favorable. El curso clínico de los afectados por aquella gripe no revistió gravedad alguna.
Muchos gobiernos están acumulando a un precio muy alto gran cantidades de antivirales (Tamiflú) cuyo uso ya ha demostrado una baja actividad terapéutica curativa y un nulo efecto preventivo. No obstante, conviene señalar las altísimas cotizaciones bursátiles que se han venido produciendo en las farmacéticas productoras de esta clase de fármacos desde que se anunciaron sus “posibles beneficios” en el tratamiento de la gripe A complicada.
En otro orden de cosas, hoy en día, por ejemplo, estamos observando una vuelta positiva hacia ancestrales modos de vida que la hacen más natural y confortable sin que ello entrañe ningún riesgo para la salud. En Finlandia es común que muchas mujeres den a luz en las saunas, del mismo modo que algunas europeas traen sus hijos al mundo sumergidas en bañeras acondicionadas con aguas cálidas y acogedoras y  tampoco es menos cierto que muchas mujeres americanas hayan decidido alumbrar a sus bebés en el propio domicilio familiar asistidas por otras personas próximas en un ambiente absolutamente entrañable e íntimo. No cabe, desde luego, duda alguna, de que el maravilloso acontecimiento que supone la llegada de una nueva vida al seno familiar se celebra mucho más positiva y festivamente en un ambiente íntimo que entre las frías y despersonalizadas paredes de nuestros modernos y pulcros paritorios.
El que escribe estas páginas, hijo de un pediatra, nació en el mismo lecho en el que probablemente fue concebido por sus padres, y como él,  llegaron al mundo sus otros cinco hermanos. Jamás tuve noticias de que mi madre, mis hermanos o yo mismo tuviésemos alguna complicación perinatal seria. Por el contrario, imagino que aquel ambiente cargado de emociones, de aguas y paños calientes, de idas y venidas, de prisas y de miradas circunspectas y cómplices entre la matrona y el tocólogo, harían de aquel acto tan natural y sublime una fiesta que jamás olvidaría nadie.  
No pretendo con lo anterior desmontar o deslegitimar los progresos de la Medicina. Al contrario; baste recordar para ello que las expectativas de vida a principios del siglo XX apenas sobrepasaban los 40 años. Las infecciones constituían la primera causa de mortalidad, del mismo modo que la apendicitis aguda segaba inexorablemente muchas vidas jóvenes; el hambre endémica favorecía el desarrollo de numerosas enfermedades carenciales que hoy ya no existen y la supervivencia a las enfermedades infantiles se consideraban auténticos milagros. Las vacunas han constituido probablemente el mayor logro de la ciencia médica a lo largo de toda su historia, recordemos, por poner tan sólo algunos ejemplos, la viruela, el tétanos, difteria, tos ferina, poliomieltis, etc.. Las nuevas vacunas contra la malaria, el Chagas o el propio SIDA supondrán nuevos éxitos médicos de proporciones inimaginables. La vida se ha prolongado extraordinariamente en el pasado siglo y se espera que se haga más larga todavía a lo largo de la centuria que estamos viviendo, pero habría que colocar no obstante algunos considerandos para no pecar de excesivamente triunfalistas. 
No he conseguido darme, en mis muchos años de investigador clínico, una respuesta tranquilizadora ni coherente a muchas de las inquietantes preguntas que hemos formulado anteriormente. En las páginas que siguen vamos a tratar de ir pormenorizando cada una de ellas, no con la idea de dar una respuesta resolutiva y válida sino para estimular la conciencia del lector, con especial interés hacia aquellos que hacen investigación biomédica o para los jóvenes médicos que se sienten  muy justificadamente atraídos por esta apasionante disciplina del conocimiento.
Quiero también que el público en general, que es en definitiva el recipiendario de los progresos médicos, sea conocedor de lo que se cuece en las cocinas de la investigación médica porque es él, en definitiva, quien a través de su sufragio el que podrá estimular el desarrollo de la ciencia y el que con su actitud marcará el futuro sendero por donde deba discurrir la búsqueda de la verdad científica.
Con este fin he preparado esta monografía que va dirigida tanto a médicos como a pacientes así como a la población general. He buscado para ello el uso de un lenguaje coloquial, no excesivamente técnico, comprensible para la mayoría, aunque en ocasiones la terminología pudiera resultar poco familiar o incluso extraña. Para hacer el texto más amigable se ha ilustrado el libro con viñetas humorísticas que rebajen el tono, a veces árido, y lleguen a hacer incluso divertida la lectura de estas páginas.





DESDE EL DIVAN DE FROIS:

LA CHINA (Relato nº 1.)


Dos hombres están apoyados en la barra de un bar de copas. Para facilitar la comprensión del diálogo llamaremos a uno el hombre uno y al otro el hombre dos. Pasan de los cincuenta pero ya les debe quedar muy poco para doblar la esquina que los meterá de lleno en la pesadumbre de los sesenta, la década de la decadencia irremediable, la de la calvicie y los surcos en el rostro, la de la próstata y el viagra, la de la memoria amarga turbulentamente mezclada con la de la memoria blanca. Son más de las tres de la noche pero ninguno es consciente del paso del tiempo. Llevan tomados en licores fuertes más de lo que la prudencia enólica aconseja. Sienten que les flaquean las rodillas, que la acuidad visual se difumina, que la lengua está tomando una textura parecida a la del estropajo y que los estómagos llevan un rato dando vueltas como molinillos locos tratando de deshacerse de algo que les sobra. El hombre uno bebe un trago largo, se seca los labios con la bocamanga de una chaqueta de tweed verdoso, un poco anticuada, y muy seriamente va y le dice al hombre dos: Me apetece una china.
Al principio el hombre dos no entiende en su desneuronado cerebro lo que el hombre uno quiere transmitirle desde su abotargada cabeza, entre otras cosas, porque a esas horas de la noche, los dos están a punto de perder (si no lo han perdido ya) el uso de la razón. El ambiente neblinoso del antro no ayuda demasiado al esclarecimiento de las confusas ideas que a esas horas presentan las mismas dificultades, para un desarrollo coherente, que un crucigrama de concurso. Ni siquiera el humo de los cigarrillos ni la estridente música ambiental es justificación suficiente para que todo se esté volviendo cada vez más turbio. El camarero les ofrece otra copa. El hombre dos le dice al hombre uno que ni una más. Pero el hombre uno insiste; no solamente quiere otro vodka con naranjada de bote sino que se empecina en su propuesta inicial y eleva inconvenientemente el tono de voz: Ya te he dicho que me apetece una china y no pararé hasta que la consiga. El ayudante del barman, un muchacho con pinta de indio guaraní, mueve la cabeza a un lado y a otro como diciendo: la lleva buena.
El hombre dos, en su confusión mental, piensa en Isabel Preysler pero de inmediato desecha la idea por descabellada. A lo mejor lo que quiere el hombre uno, barrunta, es una china de marihuana o de hachís o de otra cosa más fuerte pero también descarta por estrafalaria esa disparatada posibilidad. Sabe que el hombre uno está enganchado al alcohol pero tampoco tanto. Lo conoce bien y le consta que jamás tomó otra droga que la de los sinsabores de una mala vida.
Yo no estoy para ir de putas, le responde, al fin, el hombre dos sin que en sus palabras haya un sentido de coherencia convincente. También puede que le dijera: Vamos donde tú quieras, hombre uno, total a estas alturas de la noche lo mismo me da mear, joder que cantar ópera. La música del antro es repetitiva y cansina y suena como un mantra rudimentariamente metálico al que le hubiesen privado del ochenta por ciento del conjunto de todas las notas de la escala de sol. Cuando se detiene a pensar, deduce que lo que verdaderamente tuvo que decirle el hombre uno fue lo primero, es decir; que de putas no iba a esas horas de la noche. Además, para enfatizar su argumento, añade, ponte a estas horas a buscar una puta, que tenga los ojos pequeños y torcidos y que encima se exprese en una lengua incomprensible con la que no puedas ni ajustar el precio.
El hombre uno se desespera y apremia al camarero para que le sirva lo que ya le ha pedido tres veces. Al fin lo consigue y paga. El hombre uno siempre paga a medida que va consumiendo, sospecha que de no hacerlo así, al final le cobrarán más copas de las que consume. Le ha pasado otras veces. En ocasiones ha tenido que llamar a la guardia urbana para que terciara en el conflicto. Bebe el vaso en dos tragos largos separados por las seis o siete caladas seguidas que le da a un cigarrillo sin filtro. Chasquea la lengua, se atusa el pelo revuelto que le cae en mechones sudorosos y lacios por la frente, se afloja un poco más el nudo de la corbata y entonces le pide al hombre dos que escuche con atención lo que quiere contarle para que le comprenda y le ayude. Me apetece una china, insiste, pero no para follarla esta noche y dejarla marchar como si tal cosa. Me apetece una china para todos los días de mi vida ¿entiendes? ¿Quieres decir como chica de servicio? ¿cómo asistenta o algo así? ¿para que te haga fideos chinos y ensalada de brotes de soja?, pregunta atónito  el hombre dos. Tú no puedes comprenderlo, contesta el hombre uno. En realidad tú no eres capaz de entender casi nada. Llevas años y años uncido al yugo y no eres capaz de mirar más allá de tus narices para saber que hay otros mundos muy distintos a los que ahora vivimos, a los que nos obligan a vivir. Tu eres incapaz de ver que en el fondo de este vaso que ahora bebo, que en el fondo de ese vaso donde tú dejas tus jodidas babas, estamos ahogando definitivamente muestro maldito pasado y por lo que a mí respecta, yo estoy completamente decidido a acabar con él. Tú puedes hacer lo que quieras con esa mierda de existencia que tienes, allá tú. No lo vas a entender. Es difícil explicártelo y menos aun resumirlo en una escueta sinopsis para la que no te veo preparado.
El hombre dos con un pañuelo manoseado se suena estruendosamente la nariz por hacer algo distinto. Luego rebusca en el bolsillo de su chaqueta, y al no encontrar lo que quiere, va y le dice al hombre uno que le de un cigarrillo. Lo enciende, aspira fuertemente la primera calada y echa el humo hacia arriba como buscando que desde lo alto le llegue la lucidez para entender las confusas ideas que le vienen de frente. Llevo tiempo, sigue el hombre uno, analizando, confrontando y cruzando datos profesionales comerciales, personales y familiares y no consigo armonizar los unos con los otros y sin armonización coordinadora, amigo mío, nada es posible. Por eso quiero una china, porque se que con ella volvería todo a su cauce. Las orientales tienen un sentido de la matemática y de los equilibrios armónicos que a nosotros nos faltan ¿No lo entiendes? No, dice escuetamente el hombre dos a quien se le acaba de caer la ceniza de su cigarrillo sobre la corbata y cada vez se le nota mayor pastosidad lingual cuando quiere pronunciar las erres, pero de todas formas, me gustaría saber qué tiene que ver todo esto con la china. Es fácil de comprender. Mañana cuando se te haya pasado la borrachera lo verás claro como la sopa de los asilos, pero hoy tengo que anunciártelo para que estés prevenido, para que cuando oigas la noticia digas: ¡Ah, claro! Yo ya lo sabía y porque además quiero que estés plenamente persuadido de que aborrezco la violencia y el derramamiento de sangre. Ya, dice el hombre dos mientras tose espasmódicamente. Pero si no me das más detalles seguiré sin entender lo de la china.
La vida está hecha de complementos duales que los mortales simplones, como tú, no acabáis nunca de comprender. Las gentes de tu condición creen, por ejemplo, que pene y vagina constituyen una unidad cuya conjunción habría que buscar continuamente. Ese es vuestro error. La confusión parte de la equivocada visión de conjunto que tenemos de los órganos impares y más aún de los pares cuando la mayoría de ellos, salvo los ojos y los oídos, sirven para muy poco por no decir para nada. En este preciso instante tú estás haciendo únicamente un uso parcial de tus ojos y tus oídos, los demás órganos no te sirven para nada, excepto los pulmones (órgano par) para meterte un poco de aire y el corazón (órgano impar) para impulsar el oxígeno que le llega desde los pulmones. De los demás puedes prescindir. ¿No lo entiendes? Hay un gurú en la India que lleva toda su vida sin comer ni beber y por tanto sin mear ni cagar. Y ahí le tienes. Tan pancho. Sólo los gurús saben cómo vencer las trampas naturales. Perdona, pero sigo sin comprender que pinta la china en este embrollo, dice el hombre dos. Otro día te lo explicaré, le replica el uno mientras le pide otra copa al camarero. El barman le sirve otro vodka con zumo artificial de naranja. El hombre uno la paga y sigue bebiendo.
Explícamelo hoy, dice en tono suplicante el hombre dos. Cuándo estás lúcido eres claro como el agua que baja en primavera de los riscos de la sierra pero cuando estás algo tomado, como ahora, eres sencillamente sublime, exquisito, un libro abierto erudito y culto pero que necesita de notas aclaratorias al margen para que te podamos entender los que no estamos a tu nivel. Sigue, por favor, y explícame qué tiene que ver la china en todo esto. El hombre uno apura su vaso y, con paso vacilante, se encamina a los lavabos. Está ausente unos quince minutos durante los cuales el hombre dos aprovecha para poner su cerebro en blanco de modo que pueda estar más receptivo cuando vuelva el hombre uno. Cuando regresa, el hombre dos nota que el hombre uno se ha recolocado el nudo de la corbata, se ha humedecido el cabello peinándolo hacia atrás y se ha remetido el bajo de la camisa que antes de ir al WC lo tenía medio salido. Sospecha que ha vertido todo el excedente líquido que inundaba sus entrañas; hígado, estómago y ampolla rectal. Se le va más aliviado y más lúcido, también. Lo único que admiro de ella, si es que de ella se puede admirar algo salvo su capacidad para hacer daño, dice el hombre uno sentándose en una de las banquetas de la barra que han dejado libre, es su extraordinaria habilidad para perder el tiempo. Puede pasarse horas y horas sin hacer nada pero dando al mismo tiempo la sensación de que incluso en eso, está empleando todo el esfuerzo que le permite su naturaleza perversa. Es una verdadera artífice de las peores estratagemas. No tiene parangón, o al menos yo nunca he visto en ninguna mujer las atroces habilidades que ella tiene para esto. ¿La china? , pregunta estupefacto el hombre dos. ¿Ves cómo no entiendes nada? Ahora no hablo de la china. Ahora estoy refiriéndome a las indecorosas propiedades que adornan a la mujer que lleva amargándome los últimos veinte años de mi vida y de la que quiero desprenderme cuanto antes para reemplazarla por una adorable china.
¡Ah!, responde con la boca muy abierta  el hombre dos que cada vez más confuso se ve obligado a reclamar al barman otro gin-tonic con mucho gin, sin hielo y con media tónica, con la vaga esperanza de que eso le ayude a recomponer su desestructurado cerebro. O sea, le sugiere, que estás en proceso de divorcio ¿no? ¡Bebe!  le ordena sin dar respuesta el hombre uno.
Luego tenía yo razón, dice el hombre dos. Lo que pretendes es cambiar la blanca que tienes en casa por la amarilla que aun debe de estar en China sin saber la que le espera. Como teoría no lo veo mal aunque permíteme que te plantee mis dudas al respecto. No te va a ser fácil trasladar tus deseos desde la teoría a la práctica. Vamos; digo yo. ¿Entenderías, dice el hombre uno, quien no presta atención alguna a las palabras que le dirige del hombre dos,  que ha llegado al extremo de robarme hasta mi misma sombra? ¡Nooooo!, dice con estupor el hombre dos. Y añade -: ¿la sombra? Entonces el hombre uno le pide al hombre dos que se distancie un poco y que se coloque sin moverse a algo menos de un metro de la pared de enfrente. En esas circunstancias difíciles de mantener por mucho tiempo, el hombre uno coge una de las lamparitas que dan una luz tenue a las múltiples mesas del bar y la levanta a la altura de la frente del hombre dos. La mueve a izquierda y derecha, arriba y abajo y entonces le pide al hombre dos que lentamente se gire y mire hacia la pared que tiene a su espalda. ¿Qué ves? , pregunta. La pared, responde el hombre dos. ¡No seas estúpido, hombre! le reprocha el hombre uno. ¡Estás viendo tu sombra bamboleándose al compás de los movimientos que yo provoco con la lámpara! ¿Lo captas, ahora? Ahora sí, dice, convencido, el hombre dos. Terminada la experiencia que deja al hombre dos frío como un témpano y atónito por la extravagancia del amigo, el hombre uno le pide al dos invertir los papeles, de forma que sea él quien se coloque inmóvil frente a la pared en penumbra mientras que sea el hombre dos quien tome la lámpara con la intención de reproducir sobre el muro la sombra que debe proyectar el cuerpo opaco del hombre uno. El hombre dos obedece sumiso mientras que el hombre uno ya se ha colocado tieso como un palo en la posición que antes ocupaba el hombre dos. Es entonces cuando un escalofrío recorre de norte a sur la espalda del hombre dos erizándole todos los pelos de su cuerpo, porque por más que mueva la lámpara a derecha o a izquierda, arriba o abajo, no aparece sobre la pared de enfrente sombra alguna. El hombre uno pide al dos que repita el procedimiento una y otra vez y por más que lo hace en ningún momento ha sido capaz de ver la proyección del cuerpo del hombre uno sobre el muro. ¡Efectivamente el hombre uno no tiene sombra, alguien se la quitado! piensa entre la certeza y la incredulidad el hombre dos, a quien se le acaba de caer el cigarrillo que sostenía entre los labios. Deja la lámpara en su sitio, bebe de su vaso un trago largo, enciende otro cigarrillo y con el alma ahogada en la duda pregunta al hombre uno: ¿Dónde está el truco? ¡No hay truco! responde el hombre uno. Perdí mi sombra hace cinco años en la festividad de las Ánimas cuando me negué a acompañarla al cementerio para dejar, como siempre hacíamos en esas fechas, flores en la tumba de su madre. Me maldijo y me amenazó diciéndome que algo terrible me acompañaría el resto de mi vida. ¡Ahí tienes la prueba! concluye el hombre uno rascándose una rasposa barba de veinticuatro horas. ¡Se llevó mi sombra!
Lo he visto, dice el hombre dos. He sido testigo directo y único y como tal lo acreditaría allá donde se me pidiera, pero estoy seguro de que en cuanto desaparezca de tu vida esa mala mujer recuperarás tu sombra, dice el hombre dos, como para quitarle hierro al asunto. ¡Ni lo sueñes!, sentencia con amargura el hombre uno. Lo he consultado con los mejores expertos en sombras y todos me han asegurado que lo mío es irrecuperable. Pero no me preocupa; estoy tranquilo. En mayor o menor medida, todos tenemos que pasar por esto. A mí ya me ha llegado y casi me he acostumbrado a ello, pero de la misma forma que me entró (como algún día te entrará también a ti) me llegará la salvación y con ello la desaparición del dolor y la zozobra. Hay más cosas. Todo empezó a raíz del último parto. No lo deseaba y una vez nacida la criatura se quedó como introvertida y ya no ha habido forma de sacarla de ese estado inconsistente que arrasa con todo lo que hay a su alrededor. Hace cosas extraordinariamente raras que me invitan a pensar que pudiera estar poseída. Para que te hagas una idea; un día le quitó el imponente bigote al retrato de mi abuelo que preside una de las paredes del comedor. Yo estoy muy orgulloso de mi abuelo. Fue un brillante diputado durante la República; fue él quien organizó por la frontera francesa de Port Bou el éxodo masivo de perseguidos a principios del treinta y seis. La fotografía, obviamente en blanco y negro, tomada a finales de los veinte, es una pieza única del arte del daguerrotipo. Mi abuelo luce un porte señorial y distinguido realzado por el empaque que le da un bigote espeso de puntas engominadas. Yo me pasaba horas mirándolo, hasta intenté, sin conseguirlo, en una etapa tonta de mi vida dejarme un mostacho como el de mi abuelo, más por honrarle que por otra cosa. Pues bien; para fastidiarme, un buen día, y sin que los expertos hayan podido descifrar el misterio, el bigote de mi abuelo desapareció del retrato. Me gasté mi dinero tratando que restauradores fotográficos me dieran, primero una explicación sobre aquel hecho insólito y segundo, para que retocándolo debidamente repusieran en el imponente belfo de mi antepasado aquella rebosante mata de pelo varonil que tanto yo había admirado desde que tuve use de razón. No lo consiguieron. Ella se hace de nuevas cuando le insinúas su implicación en tamaña felonía pero yo estoy convencido que ella y sólo ella ha sido la artífice de tal diablura valiéndose de recursos que prefiero ni nombrar. ¿Y la china?, vuelve a insistir el hombre dos. ¡La conseguiré! sentencia triunfante el hombre uno, y cuando ese día llegue viviré con ella en un mundo aislado de lo que hoy nos amarga y nos oprime, en una isla desierta o en una fortaleza de muros inexpugnables rodeados por un inmenso foso donde gigantescos cocodrilos disuadan a los curiosos de intentar un asalto temerario. ¿Y por qué tiene que ser china? inquiere estúpida y nuevamente el hombre dos ¡Ah, ignorante amigo mío! dice con suficiencia el hombre uno. Qué poco sabes de la vida y cuánto ignoras de la condición femenina y de sus imprevisibles manifestaciones que están íntimamente más ligadas a su cultura que a su misma genética. Las mujeres chinas son el compendio de todas las virtudes femeninas y son ellas y solo ellas, las únicas capaces de transferir al varón, tocando el trasunto con su gracia, para colmarlo de una felicidad que es solamente comparable a la que se describe en Las Cien Tablas del Shang Shing. Por eso anhelo tanto compartir el resto de mis días con una china y cuanto más oriental se muestre tanto mejor. Puede que tengas razón, tercia el hombre dos, que para esas alturas del diálogo ya ha perdido completamente el hilo conector. Y digo yo: ¿tiene que ser forzosamente china? ¿No te da igual una tailandesa, una filipina, una japonesa? Veo que sigues sin entender nada, responde con desánimo el hombre uno. Vámonos. Ya es tarde.
Hace frío cuando los dos hombres abandonan el bar. Conforme la noche se desvanece el día se va acristalando en el color de la tristeza. El hombre uno piensa que será una jornada tan cargada de malos presagios como las cinco mil últimas que guarda celosamente en su memoria. Son pensamientos suyos que por lealtad a su memoria no desea compartir con el hombre dos. Es posesivo de lo cree que le pertenece  y quiere guardar para sí sus sentimientos desesperanzados. Es casi lo único que le va quedando. Eso, y la memoria. Se despiden sin ninguna efusión. El hombre uno toma la acera por la derecha y el hombre dos por la izquierda. A los pocos pasos son conscientes de que han errado el camino. Dan media vuelta y con precisión matemática, para no volverse a perder, cada uno toma la senda acertada; el hombre uno hacia la izquierda y el hombre dos a la derecha. Los ritmos de las zancadas son idénticos; como si llevasen ensayado el paso desde mucho tiempo atrás, como si ambos hubieran hecho el servicio militar en el mismo regimiento. Cuando se cruzan no se ven y por tanto, no se saludan. Cada uno va envuelto en sus propias cavilaciones. Antes de llegar a su calle el hombre dos se apoya en la barandilla del puente y se entretiene viendo el paso incesante de los primeros trenes de cercanías mientras apura su último cigarrillo. Una china tal vez no, piensa embarulladamente, pero una perlita del Caribe no estaría mal, pero ¿dónde encontrarla? Se acuerda súbitamente de su esposa y percibe que sus neuronas comienzan a chocar entre sí buscando la estrafalaria excusa que le permita dar una estúpida explicación de su trasnochada noche.
Antes de meter la llave en la puerta de su casa, el hombre uno se detiene en seco, piensa en la china y vuelve sobre sus pasos. Se acomoda en uno de los bancos más apartados del parque cercano. Se tiende y se envuelve en su abrigo. Con la bufanda se organiza una almohada rudimentaria e incómoda. No le preocupa la hora del despertar. Al día siguiente no tendrá nada que hacer. Dos meses antes le han despedido de la gestoría donde ha consumido los treinta años más grises de su vida. Un plan de reestructuración laboral, le han dicho, como excusa. En pocos segundos cae en un sueño inestable. Sueña en frío y en blanco y negro y en seguida empieza a caminar con paso cansino por una inmensa muralla de piedra a la que nunca ve el fin. Desde el sueño van cayendo, desde un cielo rabiosamente azul, algodonosos copos de nieve blanca que cubren cálidamente su cuerpo helado.
El hombre dos es ingeniero de minas. Trabaja para una empresa de sondeos. Un par de meses más tarde lo envían como supervisor de unas prospecciones a un país del sudeste asiático. Vuelve a los tres meses harto de comer arroz con verduras al wok y gambas cantonesas. Está cansado de follar con mujeres asiáticas que a su modo de ver son excesivamente pasivas y artificiosamente complacientes y sumisas. Al llegar a su casa abre la maleta y obsequia a los suyos con unos convencionales souvenirs made in Taiwan. Luego toma el teléfono y marca el número del hombre uno con quien ha perdido el contacto desde la noche de la última borrachera. “Homble no estal “, le responde una estridente voz femenina como sacada de la versión original de 55 Días en Pekín. Señol fuela. Yo no habla español”, continua entrecortada la extraña voz. “Tú llamal más talde. Una hola o dos”. Y sin añadir más, cuelga.