jueves, 16 de febrero de 2017

La dieta mediterránea en la Antigua Grecia

Decía Indro Montanelli en su Historia de los Griegos (un libro de obligada lectura para mejor entender los orígenes y porqués de los males de nuestro tiempo)  que las civilizaciones, culturalmente, podían ser reagrupadas en dos grandes categorías: "las que van al aceite y las que van a la mantequilla." Es decir, la de los omega 3, 6 y 9, frente a los de las grasas saturadas. Y no le faltaba razón.


Los que hemos tenido la fortuna de nacer a orillas del Mediterráneo, los que somos herederos de aquella cultura de la Antigua Grecia, prolongada en el tiempo y mejorada en sus costumbres por la Romana y la Judeo-Cristiana, provenimos más del aceite que de la mantequilla y, a juicio de Montanelli, es indudablemente mucho mejor la primera que la segunda.



Hoy en día, los entendidos en esas cosas de la dieta y la nutrición no paran de dar la vara al atosigado comensal sobre las bondades de comer según el tan traído y llevado código mediterráneo. Eso está bien. Y yo soy un ferviente defensor de ello. Pero en la Antigüedad las cosas, y sobre todo la economía, no permitía lujos gastronómicos como los que ahora nos damos.
En el Siglo Dorado de Pericles, Temístocles y Efialtes la dieta de los atenienses era más bien sobria y escasa, lo que tal vez guardara una indudable relación con su excelente estado de salud; con la longevidad de sus ciudadanos y la preeminencia de sus atletas. Heródoto, en su crónica sobre la batalla de Maratón, nos cuenta que el soldado Fedípides recorrió con toda la velocidad que le daban sus piernas los 42 kilómetros con sus 195 metros para anunciar en Atenas la victoria de las menguadas tropas de Milcíades ante el todopoderoso ejército del persa Darío. Todos sabemos que, víctima de su celo, Fedípides cayó muerto a poco de comunicar tan buena nueva. El esfuerzo sobrehumano que hizo no pudo resistirlo su maltrecho corazón. De haber sido precavido, Fedípides hubiese hecho un previo entrenamiento gradual y adaptativo como hacen nuestros maratonianos de hoy en día, se habría hecho escoltar por voluntariosos aprovisionadores de agua electrolizada y abundante glucosa y, nada más llegar, y aun antes de ceñir su cabeza con la corona de laurel, le habrían dado reconfortantes masajes musculares. Mas eran otros los tiempos como otros eran los modos de cuidar a los atletas.

No creo que Fedípides tuviera la hercúlea configuración anatómica que exhiben algunos de sus arbitrarios y nada rigurosos retratos. Posiblemente, las condiciones alimentarias de aquellos tiempos no le diera para ello. La dieta de los atenienses se componía de legumbres y cereales, no conociendo otros que lentejas, cebollas, ajos, guisantes, coles y poco más. Como fruta consumían lo que daba la seca tierra, que tampoco era tanto: uvas, higos, moras silvestres y algún que otro fruto seco como nueces, almendras y avellanas. A pesar de tener a pocas leguas de distancia el puerto de El Pireo, el pescado fresco era un auténtico lujo sólo para griegos acaudalados. Tan sólo el que se conservaba en salazón era algo más abundante y de más fácil acceso para la plebe. 

En alguna festividad, para honrar a su numerosísima nómina de dioses, héroes y pitonisas, cortaban el pescuezo de alguna gallina lo que constituía todo el aporte proteico que recibían sus retorcidos estómagos, amén de haber guardado previamente los huevos del ánade para mezclarlo con algo de harina y miel y así confeccionar unas tortas que se me antojan insulsas y poco apetecibles. 

Cuando podían, bebían leche de cabra con la que además hacían un queso que aguantaba bien el paso del tiempo sin descomponerse. Y el yogurt, claro está, el magnífico yogurt griego. Pero siendo parcos en su yantar es inconcebible que hasta el mismísimo Hipócrates de Cos, uno de los grandes padres de la Medicina Clásica, se escandalizara de que los insaciables atenienses ¡comiesen hasta dos veces al día!



Por contraste, este tipo de dieta tenía sus ventajas. El consumo calórico era más bien reducido con lo que mantenían en su valor ideal el índice de masa corporal. El único edulcorante conocido era la miel de los panales que ellos mismos cuidaban. A pesar de ello, se sabe que conocían la diabetes (un término griego, por demás) una enfermedad que era diagnosticada por el sabor dulce de la orina de los afectados. 

Una alimentación exenta de grasas saturadas como la que los griegos practicaban minimizaría los valores séricos de colesterol y por tanto, la angina de pecho, el infarto y el ictus, serían patologías menos frecuentes que lo que son hoy en día. 

La sal era un bien tan escaso y preciado, que de las buenas cosas se decía "que valían su peso en sal". De esta forma, evitaban la hipertensión, la ceguera, las enfermedades cardio-renales y las apoplejías.  

El vino estaba considerado "néctar de los dioses" y, por tanto, sólo accesible a los pudientes. Gracias a ello, los atenienses de a pie, abstemios a su pesar, evitaban el alcoholismo neurodegenerador y se preservaban de la cirrosis hepática.

Sin duda, esta realidad famélica había sido astutamente tergiversada por Homero, un trovador ciego y muy posiblemente analfabeto, que, cuatro siglos antes de la Atenas de Solón, se ganaba la vida narrándole a los ricos helenos historias que él mismo había escuchado en boca de humildes y poco afortunados trovadores. En su Odisea puede leerse que sus héroes se desayunaban un día sí y otro también con medio cabrito asado, para ir abriendo boca y hacer frente a las adversidades. No se lo crean,Homero del que se sospecha que hasta pudo no existir, fue un fabulador que adulaba a sus protectores contándoles cuentos irreales, cargados de tramposa imaginación para solaz y ensoñamiento de otras vidas heroicas.


 Así era, pues, la alimentación de los atenienses; una dieta mediterránea como las que hoy nos aconsejan los expertos, pero más pobre e insulsa. Yo les recomiendo que la sigan; pero más ésta de nuestros días que aquella otra exigua de la Antigua Grecia,cuyo resultado fue tan eficaz, que sirvió a los aguerridos soldados atenienses para que, cerrando a los persas el paso de las Termópilas, volvieran a alzarse otra vez  victoriosos en Salamina, la batalla más decisiva de la Segunda Guerra Médica.

lunes, 13 de febrero de 2017

                                                                    

                                                                     LA DANZA 
                                  Poema homenaje a la gran bailaora Blanca del Rey

A la luz de los candiles
Entre sombras afiladas
El silencio se despierta
Con tres golpes de guitarra

Y un soleá en el viento
Y un solo cuerpo que baila
Y un sueño que se desvela
Para hacer la noche larga
Mientras las gitanas viejas
Con agujas cinceladas
Bordan con seda las batas
Para que sus cien volantes
Despeguen fuertes las alas.

Lloran los bordones roncos
La prima gime enlutada
Las palmas se han hecho íntimas
Y los suspiros espadas

Cuando se brazos se encienden
En dos antorchas quebradas
Como alondras abatidas
Presas de plomo de caza.

Sus muslos: montes de cobre,
Marcan el vuelo a su falda.
Los valles de sus caderas
Como cajas de guitarra
Hacen remover al viento
Las candelas de su enagua
Que su pecho sierra
De aguardiente y mermelada
Rezuma aceite y limón
Por la boca y la garganta.

Sus dos pies: cristal de roca,
Van repicando en campanas
Que me suenan a mezquitas
Y a fuentes de las alhambras
Y en sus manos los palillos
Y en el ambiente la magia
Componen la sinfonía
De la danza milenaria
Que baila la Andalucía
De Antonio y Carmen Amaya.

No sigas Blanca del Rey
No me apuntes con la daga
Que se escapa de tus ojos
Y se clava en mis entrañas
Que cuando rompes tu cuerpo
Con la copla y la guitarra
Se te muda hasta el color
De la luz de tu mirada.
Y en mi corazón la angustia
Y en mi boca la palabra
Me sabe a azahar de Córdoba
Que es tu tierra y es mi patria.


domingo, 3 de abril de 2016

POESIA EROTICO-OBSCENA EN LA HISTORIA DE NUESTRAS LETRAS

Hay, en la historia de nuestras letras, una fuerte relación entre la poesía, el erotismo, las obscenidades y los retruécanos. De eso en España estamos todos doctorados. Además, nos viene de lejos.
 
Puerta de Santa María que da acceso a la alcarreña ciudad  de Hita
No se escandalizaban los villanos alcarreños cuando Juan Ramón Ruiz, arcipreste de Hita (una maravillosa ciudad medieval en el corazón de la Alcarria) yacía con todas las serranas que le salían al paso a las que, luego, componía versos tan calientes y obscenos que le procuraron merecida fama, entonces, y tantos momentos de apasionada lujuria con la feligresía femenina que adoctrinaba.
Juan Ramón Ruiz, arzobispo de Hita, fue el autor de "El Libro del Buen Amor"
Aunque a Juan Ruiz lo tuviera preso el cardenal Gil de Albornoz por escribir cosas escandalosas, deshonestas y de mucha picardía, siguió siendo poeta y arcipreste hasta su muerte,  porque, como es bien sabido, la Iglesia de entonces, la de ahora y la de siempre, mucho tiene que callar.
Interior de la iglesia de S. Juan Bautista, en Hita. Una mezcla de estilo mudéjar y herreriano de bellísima factura
Tampoco hubieron denuncias ante jueces y corregidores cuando el licenciado Fernando de Rojas hizo hablar a "La Celestina" de aquesta guisa: "Las putas y los frailes por estos lares, andan a pares". No se escandalizaban ni se sorprendía los castellanos de aquellos siglos al escuchar el consejo del poeta obsceno:

"No os perdáis, vida mía,
amor de fraile,
que aunque sólo es uno
por cuatro vale".

Más cerca de nuestros días, y tan sólo por citar un ejemplo, Camilo José de Cela en sus "Memorias, entendimientos y voluntades", incluye varios poemas obscenos y machistas de los que se cantaban en la guerra civil cuando él era soldado:

"Mujer que al andar culea
y al mirar, los ojos mece,
no digo que puta sea,
pero sí que lo parece".

Y así, la poesía erótico-festiva  fue floreciendo entre místicos y ateos, entre creyentes y agnósticos, entre el puro machismo y el rancio romanticismo. Con la religión y con el sexo había mucha gente que perdía la cabeza y que la sigue perdiendo en nuestro tiempo.

En la Cataluña de nuestros días, se ha montado un gran revuelo porque una muy cutre poetisa (?) buscó, y lo consiguió, su minuto de gloria con el "Padrenuestro del santo coño". Algunos asistentes a los Premios Ciudad de Barcelona (excepto los ediles del ayuntamiento de la Ciudad Condal y su alcaldesa) se rasgaron las vestiduras, no por la ínfima calidad del poemita de marras, que verdaderamente era infumable, sino porque lo consideraron blasfemo, tosco, grosero y de mal gusto, por más que la presunta rapsoda lo recitara en la noble lengua de Josep Pla. 

Los atónitos escuchantes de tan absurdo poema han decidido denunciar a la autora cuya causa, como suele ser habitual en estos casos, será desestimada y archivada por nuestro blando y pacato sistema judicial. 

En esta plegaria, supuestamente feminista, dice su autora en un rapto de pasión abortista:

"Madre nuestra que estáis en el cielo
santificado sea vuestro coño.
(...)
Hágase su voluntad en nuestro útero sobre la tierra.
(...)
Y no permitáis que los hijos de puta aborten el amor y hagan la guerra".

La querellada comenta que fue un poema de reivindicación feminista, pero más bien parece un repulsivo exabrupto de hembrismo o de machismo a la inversa. Carlos Herrera se preguntó en su programa: "¿De qué estercolero sacan a estas tías?"

Sin duda alguna, esta poetisa (?) de estercorácea boca no habrá leído jamás ni a Juan Ruiz, ni al Marqués de Santillana ni a Fernando de Rojas porque de haberlo hecho, compondría de otra manera menos tosca y repugnante. 

Parece que esos versos, que han debido cautivar a algunos docentes catalanes, se declaman en lengua vernácula en algunas escuelas de Cataluña, donde Dolors Miquel (tócate la breva) es la poetisa oficial de la señora (?) Colau y abanderada de otra parecida  guarra que suele hacer aguas menores en mitad de las calles, para estupefacción de los viandantes murcianos.

Original de El Libro del Buen Amor que relata en cuaderna vía los amores de don Melón y doña Endrina.
Les dejo, para finalizar, el enlace a un bello poema cantado sobre El Libro del Buen Amor donde, en cuaderna vía, se narran los amores de don Melón y doña Endrina.


https://www.youtube.com/watch?v=9M3igVZsQEE&feature=youtu.be

jueves, 11 de junio de 2015

EL DECLIVE (Andrómeda)

EL DECLIVE (NOVELA)

…Viene del post anterior



ANDROMEDA

“Hola Teo, soy Elías. Me fastidia hablarle a este cacharro tonto para dejarte un mensaje. No sé donde andas. Me urge hablar contigo sobre el último guión. Cuando oigas esto llámame al teléfono de siempre. Estaré en casa toda la tarde. Hay que darse prisa. Estamos fuera de tiempo. Te conseguí al ministro para esta semana. No sé que harías sin mí.” 
    Te tomaste un tiempo antes de devolver la llamada. Te gustaba (te sigue gustando) poner nerviosa a la gente, hacerles esperar, y más aún si se trata de cosas importantes que dependan de ti. Ignorabas entonces en qué modo aquella devolución de llamada iba a trastornar tu vida.
   Estás sentado en tu sillón favorito frente a la ventana desde la que divisas, a lo lejos, casi todo Madrid.
Te sientes medianamente feliz en la casa que vives desde tu separación de Lucía. En esa posición, con el culo aplastado contra el cojín,  el dorso arrosariado contra el respaldo y los pies sobre un escabel,  has pasado muchas horas en los últimos tiempos buscando explicaciones a cosas que, por naturales, no tienen explicación posible. Te ha dado tiempo para añorar tus años con Lucía y tus momentos felices con la hija de ambos, a la que ves cada día menos. También en ese sillón has madurado ideas  y también has encontrado soluciones a problemas que parecían arrastrarte hacia profundos abismos de donde creías que no saldrías jamás. Todos los hombres necesitan un sillón confidente en el que sentarse a pensar y en el que buscar sosiego y consejo para las causas que nos agobian. Allí has consumido más cigarrillos de la cuenta y has trasegado mucho más alcohol del que tu hígado estaba dispuesto a tolerar. Luego vinieron los insomnios y más tarde los somníferos y poco después los ansiolíticos. Cuando saltaron las alarmas en forma de alucinaciones y espasmos acudiste muerto de miedo a pedir ayuda médica. Te has bebido más de media vida sin apenas darte cuenta. Y ya no hay marcha atrás. Ya empezaste a vivir el tiempo en que todo acaba. Pero todo eso tardaría aún  en llegar. La vida aun te daría más oportunidades que las que te merecías. Irene fue una de ellas y no la desaprovechaste. Hiciste bien.
                                   
   Son las 4 de la tarde de unos años antes.

   Un sol tibio de invierno ilumina la estancia volviendo transparentes los lienzos y cárdenos los lomos de los libros que se apilan por todas partes. Te gustaría adormecerte para dejar que tu imaginación navegue libre por el mundo onírico de tus fantasías. Hace tiempo que ya no acuden como antes para tu sosiego. Tomas el teléfono y marcas un número que te sabes de memoria para corresponder al mensaje que te han dejado:
   —¿Elías?, por favor.
   —No está en este momento. ¿Puedo ayudarle en algo?
   —Soy Teo Escobedo, un amigo suyo. Dejó un mensaje en mi contestador, que acabo de escuchar. Parece que le urge hablar conmigo.
   —Sé quien eres, Teo. No hace falta que te identifiques. ¿Quién puede no reconocer una voz como la tuya? Soy Irene, la hija de Elías. Mi padre vendrá en algo menos de una hora. Se que te espera porque me previno sobre una posible llamada tuya.
   Como las cosas importantes de la vida se manifiestan inicialmente de una forma muy sutil, era lógico que no pudieras imaginar en aquellos momentos lo que esa aparentemente inocente conversación iba a modificar tu existencia.
   Elías gozaba en aquellos tiempos de una posición desahogada gracias a sus trabajos para la radio, la televisión y el teatro. Vivía con su única hija en una casa modesta del barrio de Las Letras. Era viudo desde hacía bastantes años. El salón donde te recibió Irene era acogedor e intimista. Fue una afortunada casualidad que Elías tardase en llegar más de dos horas y fue todavía mejor que Irene te invitase a acudir a su casa para la cita prevista.
   Para cuando llegó tu socio, su hija ya te había contado muchas cosas de su corta vida que a ti, a fuerza de poco trascendentes, te habían resultado fascinantes. ¿Cómo era posible que Elías no te hubiese hecho comentario alguno sobre los deseos de Irene? 
   Sin apenas conocerla estabas seguro de que sería, sin duda, un excelente fichaje para tu programa. Lo decidiste sobre la marcha. Fue una corazonada y como todas las tuyas necesitabas resolverla sin perder un minuto. Te hacía falta una presentadora para la apertura, alguien que dentro y fuera del plató presentara el programa y que además, recogiera sobre campo, las opiniones del público sobre el tema que semanalmente tratábais. Quedaba bien, era una fórmula muy a la moda. Pensaste desde ese mismo día que ella podría desarrollar perfectamente aquel papel. Tenía una voz muy apropiada, aterciopelada y firme, te dirían luego cuando le hicieron la primera prueba, parecía resuelta, decidida ante la cámara te confirmaron los que la evaluaron,  y su magnífica presencia sería un acicate añadido, pensaste, cuando desde el control seguiste todos y cada uno de sus primeros pasos ante los focos. Carecía de experiencia pero tampoco era necesaria, ellos y tú la guiaríais. Hasta la enorme diferencia de edad que os separaba, más de veinticinco años, era incapaz de turbar la armonía entre ambos cuando el regidor del programa levantaba sus pulgares para meteros en antena. ¿Por qué, diablos,  aquel tacaño y celoso judío no te había hablado jamás de su hija ni de sus pretensiones? 
   Cuando al fin apareció Elías la invitaste a que permaneciera con vosotros para ultimar el guión. Apuntaba buenas maneras y mejores ideas. No te costó demasiado esfuerzo convencer al día siguiente al director financiero para que le abriese un contrato provisional que le permitiera entrar en la nómina de tu espacio. Dos semanas más tarde te gustó ver en los títulos de crédito, inmediatamente detrás del tuyo, el nombre de Irene Albesa como co-presentadora y co-guionista de tu programa. La crítica también se puso de su parte.
            Te salió bien la jugada.
           
   Dos meses más tarde y gracias a las gestiones que hiciste en el canal internacional, os fuisteis a presentar un directo a Méjico. La ocasión perfecta. Ambos los estábais deseando. La vuelta con escala en Miami remató la faena. Irene parecía entregada y tú te rendiste a su encanto sin condiciones. Empezábais a vivir tiempos felices que para nada hacían presagiar la derrota que acarrea el inevitable discurrir de vuestra pequeña historia, tan mínima e intrascendente como casi todas las historias de amor en donde la pasión todo lo ocupa y todo lo extermina.           
             
   Todo empezó a enturbiarse cuando volvísteis de Siria.
   Tal era tu locura por ella que le propusiste un matrimonio convencional, con invitados, banquete, padrinos y música. Era inaceptable. Era la desproporción por antonomasia. Ella camino de su plenitud y tú en tu imparable declive. Podría haber resistido a tu lado más tiempo, el suficiente para rebajar tu tono vehemente, tu desequilibrio sentimental, tu retraso emocional y quién sabe si más cosas. Lo precipitaste todo. Después llegaron los celos, las tensiones y el final inevitable.            
    Elías estuvo siempre al corriente de todo. Fue Lucía quien se lo hizo saber e Irene quien se lo confirmó. No hubo reproches. Los tres estuvieron en el juego. Fuiste tú el único que quedó fuera.

Continuará...
Esta novela se puede descargar desde la editorial on line amazon, pegando en el navegador el siguiente enlace:
http://relinks.me/B00OMENMW





domingo, 24 de mayo de 2015

EL DECLIVE (Acuario)

EL DECLIVE (Novela)

…viene del post anterior...

ACUARIO

Te ha llamado el vicepresidente y lo has mandado a la mierda. No sabes si ha sido por dignidad profesional, por independencia periodística o simplemente por soberbia.
   Con el paso del tiempo te has ido dando cuenta de que no hay peores consejeros que la efímera fama y el empacho que provoca el éxito. Has tratado de echarle un pulso al poder y has perdido, como era de esperar. Qué necesidad tenías de llevar a tu programa a gentes que se aprovecharían de tu ingenuidad para encender soflamas antisistema. Ya te habías salido del guión en un par de programas anteriores y para colmo, no hiciste caso a los mensajes tan contundentes como persuasivos que te habían hecho llegar desde los círculos más próximos al establishement. A partir de entonces estuviste señalado. Marcado con una diana en mitad de tu rostro. Te lo advirtieron y no quisiste hacer caso. Al final caiste como caen todos los que se creen más fuertes que el poderoso. Pensaste que eras David frente a Goliat. Tu último y definitivo programa hizo mucho daño al gobernante, pero más aun al partido. Luego te creíste las llamadas de apoyo y solidaridad de los que tras colgar el auricular descorchaban las mejores cosechas para celebrar tu fracaso. Lo que vino después estaba anunciado. La historia se repite de manera incesante para que el hombre no olvide su condición de instrumento sometido. Al mes de tu descalabro no había una sola puerta a la que pudieras llamar sin que te repudiaran como a un apestado.
  
   Os citasteis poco después en Nueva York para poneros bálsamos ineficaces en unas heridas que llevaban demasiado tiempo abiertas. Fue inútil.
   Te mostraste lacrimoso y muy pesado durante todo el tiempo que estuviste deambulando mecánicamente a su lado por las interminables calles de Manhattan. Sólo hablabas de ti y de la gran putada que te habían hecho al desmontar tu programa y despedirte de forma tan grosera de la televisión oficial a la que, según tú, tanto habías aportado y tanto te debía. Como era habitual en ti, apenas te interesaste por su experiencia periodística centroamericana. Tampoco ella mostró un deseo especial en dártela a conocer, más que nada por tu insistencia sobre el tema que te obsesionaba.  En tu ofuscación ni siquiera llegaste a maquinar quien urdió sibilinamente toda la trama que desembocaría en tu caída. Te diste cuenta al cabo de unos años. No podías imaginar que fuera Elías quien manipuló hábilmente los resortes. No te convencieron sus negativas ni sus llamadas a la fidelidad y a la camaradería. Es cierto que nunca pretendió ocupar tu puesto pero para él eras demasiado molesto. Tus malditas e injustificadas órdenes le sacaban de quicio. Eras como una china en su zapato de la que se dolía con cada paso que daba. Hizo un planteamiento simple que tardaste tiempo en detectar: o él o tú. Y ganó él, fue mucho más hábil de lo que habías imaginado. Creíste que Elías era un espíritu puro, carente de ambiciones, hecho para ser mandado, segundón vocacional. Cuando quedó libre montó los guiones a su modo y estilo. El programa no sólo no bajó, sino que además ganó audiencia. Los de arriba se sintieron doblemente satisfechos; por un lado habían acabado contigo y por otro, los contenidos estaban ahora en perfecta sintonía con los mandos. La nueva conductora del debate era lo suficientemente lista y ambiciosa, y sobretodo lo necesariamente eficaz, para que tu imagen cayese en el olvido casi de modo fulminante. Los controles de audiencia volvieron a subir situando al programa en sus niveles más altos. Así fueron las cosas una vez más para tú desesperación, todo debe de cambiar para que todo permanezca.
   Un tiempo después de tu caída y del abandono de Lucía supiste, para colmo de tu desdicha, que Elías había ocupado tu sitio en el corazón de tu exmujer. ¿Cómo fuiste tan poco suspicaz para no haberlo intuido? Nunca llegaste a entender aquella historia. Elías era un reconocido misántropo sin apenas relaciones personales. Era, desde luego, bueno en su trabajo, cumplía y sacaba adelante todos los programa, pero era un triste con el que difícilmente se podía mantener una conversación interesante sin que él la derivara por temas tan grises como carentes de interés. Era tu polo opuesto. ¿Tanto había llegado a cambiar Lucía? No eras consciente (sigues sin serlo) de lo que cada mujer busca en cada hombre. Los esquemas son distintos. Unos se mueven por parámetros que tienen más que ver con la estética y el sometimiento mientras las otras se aturden con los falsos vahos que exhala el amor efímero, aferrándose a voluntades que forjen sutilmente una inestable seguridad.
   No pudiste ni siquiera imaginar en vuestro errante deambular por Manhattan que su corazón, su mente y su proyecto habían quedado completamente fuera de tu alcance, desde hacía demasiado tiempo.
   Reservaste una espléndida habitación en uno de los mejores hoteles de la ciudad ignorando que, desde hacía tiempo, ella había acostumbrado a relajar su cuerpo sobre las incómodas colchonetas de  posadas nicaragüenses de mala muerte donde, por lo menos, se sentía libre de ataduras, de tus ataduras. Allí conoció gente de muy distinta procedencia. No hubieses dado crédito a tus oídos si te hubiese contado al detalle todas las vivencias que tuvo, los insólitos lugares que visitó, las miserias indígenas, el hambre en estado puro, las necesidades acuciantes, las motivaciones de la guerrilla, la fe ciega en las causas, el miedo a la guerra, la dignidad de los pueblos y los hombres, los otros hombres, los hombre nuevos, tan distintos a los que formaron su círculo del pasado, tan puros, tan maravillosamente locos y tan salvajes y tiernos en la cama. Gozó con ellos, gozó de ellos y en sus brazos sintió desvanecerse, por primera vez , el miedo intenso de sus vacíos crónicos.
   Sólo dos coitos en Manhattan completamente exentos de amor. En el primero el deseo acumulado salvó el compromiso. En el segundo la pasión mínima quedó disuelta en su misma inapetencia. Tumbados boca arriba, parcialmente cubiertos por las sábanas y en silencio, cada uno fumó su propio su cigarrillo. Ya no había nada que compartir, ni siquiera el humo. Son, efectivamente, los pequeños detalles los que determinan el fin. Tampoco supiste, cuando ella pasó al baño a asearse, que sobre el bidé dejó caer las últimas lágrimas que derramaría por ti; no fueron las más sentidas pero sí, desde luego, las más ácidas.

   La última comida en un pequeño restaurante de Little Italy resultó tediosa. El servicio te pareció demasiado lento para un diálogo entre ambos excesivamente parco. Pasta, chianti y café espeso. Ya no teníais casi nada de qué hablar. Su avión partía dos horas antes que el tuyo. La despedida en el Kennedy (tu a Madrid, ella a Nicaragua) fue tan fría por su parte que apenas rozó tu mejilla con sus labios. Quisiste decirle algo especial en aquel adiós pero en ese crucial instante nada se te vino a la mente. Intentaste reconducir un conflicto insoluble pero tampoco supiste, exactamente, qué quedaba por hacer. Hubieras dado lo mejor de ti mismo por un poco de calor en su palabra, un poco de ternura en su mirada, algo de afecto en su abrazo. Te frenó su distancia. Y una vez más quedaste paralizado, como cuando la lejana noche de los caballos locos quisiste tomar en marcha el metro que la alejaba de ti.
Continuará...
Esta novela se puede descargar desde la editorial on line amazon, pegando en el navegador el siguiente enlace:
http://relinks.me/B00OMENMW

jueves, 21 de mayo de 2015

EL DECLIVE (Orión)

EL DECLIVE (Novela)
...Viene del post anterior...




ORION

Madrid, Junio de 1970

Hay días que vienen a marcar hitos en las vidas de las gentes aunque nunca se sepa si viene para bien o para mal. Aquel pudo ser uno de ellos.
   Ansioso buscas su rostro entre los asistentes al último acto académico de tu carrera. Es lo único que te interesa ver en esos instantes.
   Te sientes un poco ridículo vestido tan elegantemente y tocado con la beca de tu facultad. Crees que tu madre ha elegido para ese día una corbata excesivamente estridente. Todos los que vais a ser licenciados en Periodismo ya estáis colocados en las primeras bancadas del salón de actos. Antes de que entre el claustro de profesores vuelves a levantarte de tu asiento en un intento desesperado para rebuscar entre el gentío. Los flashes de las cámaras fotográficas de los familiares y amigos te deslumbran y te desenfocan. Pones tus manos delante de tus ojos; un poco para defenderte de los fogonazos y otro poco para ocultarte. De pronto la ves, está allí, al fondo del auditorio junto a otras amigas. Tu madre te sonríe nerviosa. Tú la miras y enseguida vuelves tus ojos hacia Lucía quien con un gesto tímido levanta su mano para saludarte. La correspondes con el júbilo bañando tu expresión y entonces te sientes más relajado. “Esto ya puede empezar” —te dices—, y en el fondo de tu corazón deseas que acabe pronto para correr a saludarla, para simplemente estar con ella.
            Durante mucho tiempo la foto que os hicisteis aquel día la tuviste sobre la mesa de tu despacho. La preferías por encima incluso de la del día de la boda o de la que os hicísteis en Navacerrada cuando la niña era pequeña y parecíais una verdadera familia. Lucía, con su gorra guerrillera, se mostraba radiante en toda su belleza. Te miraba con la emoción que sólo emerge del amor y tú rodeabas su hombro con tu brazo tratando de pegártela muy fuerte, como para que siempre fuese tuya. Al final de lo vuestro, cuando acudió a tu despacho para arreglar los flecos del divorcio, antes de que los abogados lo destrozaran todo, la foto desapareció. La debió de tomar en un descuido. Ni te lo dijo ni te pidió permiso. Al cabo de los años, cuando le preguntaste por qué hizo aquello, su respuesta fue contundente: “En cada fotografía que nos hacemos dejamos, para que sea compartido, un jirón del alma propia y en aquel momento yo ya no te pertenecía”. 
   Ese día de fin de carrera la presentaste a tus padres y dos semanas después te sentabas por primera vez en su mesa familiar. Te acogieron con más educación que afecto. Sabían que eras hijo de un censor del régimen y eso era garantía de orden, pero algo debía de haber en ti que no lograba derribar la barrera de la desconfianza. Y no se equivocaron. Los primeros recelos llegaron antes de que naciera vuestra primera hija, y con razón.
   Pasasteis una buena temporada cuando nació Paula. Fue tal vez, si quitas el corto período prematrimonial, los únicos meses felices de vuestra vida en común.  Paula era bastante llorona. No te molestaban sus llantos nocturnos y te levantabas encantado para darle su biberón de media noche. ¿Qué pasó luego? ¿Qué os fue alejando sin remedio? ¿La rutina? ¿La monotonía? ¿Tus ansias de volver a ser libre? Un psiquiatra amigo te dijo que esas cosas son normales; que el amor romántico no suele durar más de un año, dos en el más optimista de los casos, y que luego viene la etapa de la madurez reflexiva, ésa en la que auténticamente se fortalece el amor. Ninguno de los dos llegásteis a pasar por esa etapa porque uno de los dos o tal vez los dos no quisisteis. Del amor romántico saltasteis brúscamente al hastío desesperante salpicado por absurdos celos y de ahí al juzgado de familia para poner fin a vuestra unión conyugal.
   Estábais tensos en el momento de firmar el acta de la setencia judicial. Cada uno lo hizo por separado. La jueza estuvo muy resolutiva, muy en su papel. Los abogados, por el contrario, excesivamente solícitos tanto, que no llegaste a entender como el de tu exmujer te saludaba tan efusivamente. Os despedísteis con brevedad en la puerta de los juzgados. Tú te sentiste parcialmente liberado de algo que nunca has sabido precisar. Ella, al decirte adiós, notó un intenso alivio que la rasgó en dos mitades irreconciliables. Pero ninguno de los dos tuvo la sensación de haber perdido el tiempo durante aquella unión efímera. “No sigas la sentencia al pie de la letra —te dijo Lucía—. Ven a ver a la niña cuando quieras. Paula es tan tuya como mía”. No pudiste responder porque de haberlo hecho la palabra se te habría  ahogado en la garganta. Agachaste la cabeza y no tuviste el valor de mirarla. 
   Siempre que las circunstancias te han exigido un comportamiento recio te has mostrado excesivamente sentimental. Aquella ocasión no era para menos. Sin embargo, ella te miró a los ojos con una dulzura inusitada, dibujó con su dedo índice un surco en tu mejilla y se alejó con pasos firmes para buscar su coche. Te quedaste allí plantado con la mirada fija en otra parte y la mente en blanco. Como tantas otras veces. No te duró mucho tiempo, pero en esa despedida tuviste la sensación de que acababas de perder algo valioso sobre lo que nunca quisiste reflexionar. 

   No sabrías precisar con exactitud cuando empezaste a tener absurdos celos de Lucía, celos que primero fueron profesionales y luego personales. Tú, con tu valía propia y con la ayuda de las siempre necesarias influencias, llegaste a ocupar el sitio que siempre habías ambicionado. Lo presentías, incluso lo veías como algo que ineludiblemente tenía que llegar. Por eso, cuando te llamaron desde el ministerio para que dejases la radio y te ocuparas de conducir el programa de debate socio-político con más audiencia de la televisión pública, te creíste con todo el merecimiento porque nadie en el país podía estar mejor cualificado que tú para aquel espacio. Lucía iba subiendo sus peldaños con tenacidad, con finura y sobretodo con un esfuerzo que tú no hubieses podido desarrollar jamás. Y lo sabías. Te maravillaba su facilidad para compatibilizar su profesión de periodista, su responsabilidad de madre e incluso su entrega a ti como esposa. Por eso, te resultó, primero inimaginable y luego inadmisible, que pudiera aceptar una corresponsalía temporal en Centroamérica. No quisiste entender que aquello formaba parte de su carrera, era su forma de progresar profesionalmente, de escalar posiciones sin tratar de hacerte sombra, y consciente de ello, trataste de cortar infructuosamente sus alas. No aceptó tu afrenta y se marchó. Al principio te dolió su ausencia, su lejanía, más sentimental que física, pero más te dolieron sus éxitos cuando empezaron a llegar. Con frecuencia la veías en los telediarios enviando crónicas de lugares y situaciones en las que se jugaba la vida durante días enteros para dar una noticia que duraba menos de un minuto en los informativos para un público que miraba el televisor entre cucharadas de sopa boba y gestos de indolencia.

            Nunca llegaste a imaginar en qué modo pudo cambiar su forma de pensar y su manera de ver el mundo tras sus más de dos años en aquellas tierras de guerra y miseria. Ni siquiera en los cortos períodos vacacionales que pasaba en Madrid, donde volcaba todo su tiempo en vuestra hija, te sirvieron para comprenderla. Sólo notaste un cierto distanciamiento que fue progresando irrefrenablemente hasta el final. No te sorprendió en exceso su expresión de recelo y casi hasta de desprecio el día que presentó, en un hotel de demasiadas estrellas, su libro sobre sus experiencias centroamericanas.  En esa ocasión, más que nunca, sintió la incomprensión de las sociedades pujantes frente a las miserables y tu falta de sensibilidad ante lo que ella te había contado. Esa noche, después de que terminara aquella estúpida presentación en la que hasta el vino y los canapés sabían a derrota, te propuso la separación. No imaginaste que fuera definitiva. “Centroamérica la ha conmovido pero ya cambiará” —pensaste, equivocándote una vez más—. Hasta quiso dejarte a la niña para no llevarse nada de ti. Afortunadamente, el juez del tribunal tutelar de menores no lo consintió y resolvió en su favor. Y con esa decisión salisteis ganando los tres.

Continuará...
Esta novela se puede descargar desde la editorial on line amazon, pegando en el navegador el siguiente enlace:

http://relinks.me/B00OMENMW